El Concilio Vaticano II admite que «también entre nuestros hermanos separados ha surgido un movimiento [el de la unidad] cada día más amplio, por la gracia del Espíritu Santo, para restablecer la unidad de todos los cristianos» (UR 1).

Celebrar la Semana de Pentecostés constituye una de las más sublimes experiencias que el hombre puede vivir desde su condición teologal. No es la del Octavario, entendámonos, pero sí otro modo de entender la misma y única realidad.

Todo, a fin de cuentas, se resuelve en gracia. Con la Semana dicha, poniendo el foco en la conversión. Con esta de Pentecostés, en cambio,  apostando por la comunión (koinonía) que viene del Espíritu Septiforme, o sea del Espíritu Santo a través de las distintas formas de donarse, llamadas comúnmente dones.

El Concilio Vaticano II dice en la Constitución Lumen Gentium que el Espíritu Santo «guía la Iglesia a toda la verdad (cf. Jn 16,13), la unifica en comunión y ministerio, la provee y gobierna con diversos dones jerárquicos y carismáticos y la embellece con sus frutos (cf. Ef 4,11-12; 1Co 12,4; Gal 5,22)» (LG 4).

Metido ya en honduras de unidad ecuménica, el mismo Concilio precisa, por otra parte, que «también entre nuestros hermanos separados ha surgido un movimiento [el de la unidad] cada día más amplio, por la gracia del Espíritu Santo, para restablecer la unidad de todos los cristianos» (UR 1). Tenemos aquí, por tanto, estrechamente relacionados los misterios del Espíritu Santo y de la Gracia.

También la Iglesia, en fin, se preocupa de puntualizar la íntima ligazón entre unidad y Eucaristía cuando así se dirige al Padre en la Plegaria eucarística II: «Te pedimos humildemente que el Espíritu Santo congregue en la unidad a cuantos participamos del Cuerpo y Sangre de Cristo». 

Pero vivir el ecumenismo a la luz del Espíritu Santo supone hacerlo con ayuda de sus dones, que son siete, cuyo número significa, por de pronto, en terminología bíblica, plenitud y perfección. No demos al olvido que el Espíritu Santo, además de Paráclito (esto es, defensor cercano, cordial, fácil de ser invocado y pronto a socorrernos), es el Espíritu de la Unidad en la Verdad, derramado en el corazón de los discípulos del Señor Jesucristo.

Sus siete dones, por tanto, representan un impulso a la naturaleza humana: la facultan plenamente para corresponder al amor de Dios en una misma sintonía. Los dones nos otorgan, en conjunto, la comunión con Dios y nos habilitan para que seamos artífices de paz y de unidad entre los hombres. No logran esto de forma instantánea, claro es, sino como la meta de un proceso gradual. Para su adecuada comprensión es preciso analizar el peculiar aporte de cada uno, respetando el orden con el que la tradición los enumera.

Septiforme, por de pronto, significa que adquiere siete formas, en las que se nos da el Espíritu según lo necesitemos en cada circunstancia. Importa mucho, por tanto, asumir que el Espíritu Santo actúa también a través de sus dones. Veámoslo por el don de Sabiduría y en el capítulo concreto de los laicos.

El Concilio Vaticano II declara en la Lumen Gentium que los laicos participan en el oficio profético de Cristo, quien, por cierto, lleva a cabo este oficio profético, no sólo a través de la jerarquía, sino también, mediante los laicos. Él, en consecuencia, establece a ambos como testigos, y les proporciona el sentido de la fe y la gracia de la palabra (LG 35)Cada laico tiene una función que llevar a cabo en este servicio del Evangelio, con arreglo al carisma que Dios le ha dado.

A través de esos dones, éste, el laico, se convierte en testigo e instrumento viviente de la misión de la Iglesia misma, «según la medida de los dones de Cristo» (Ef 4,7). Es obvio, en consecuencia, que los laicos tengan un importante papel que cumplir en el mundo, y que los carismas que el Espíritu Santo concede a su pueblo lo sean siempre para el servicio de la comunidad, y para el beneficio de la Iglesia.

Dios no cesa de brindarnos oportunidades de ser perfectos y capaces de alcanzar la deificación a través de su Divinidad. De ello se encarga el Espíritu Septiforme mediante el don que a cada lugar y circunstancia corresponda.

Hoy, por ejemplo, existen alrededor del mundo miles y miles de grupos ecuménicos de oración formados por iglesias de diferentes denominaciones, que se reúnen a orar por la unidad y la reconciliación de las Iglesias, cuyo afán se sustancia en abrir casas de oración, en hacer obras de caridad para los pobres y necesitados.

Que este septenario de Pentecostés 2021 potencie dichas ayudas en medio de tanta pandemia, de tanto agobio, de tanto dolor, sembrando unidad en la diversidad, concordia en vez de discordia, consuelo en el abandono es una manera de abrirse a los dones del Espíritu.

Cuando la teología de los dones afronta el de Sabiduría, por ejemplo, nos pone sobre aviso para evitar confundirlo con la sabiduría humana, que es, en definitiva, fruto del conocimiento y de la experiencia.

El don de Sabiduría, en cambio, es, ante todo, la gracia de poder ver cada cosa con los ojos de Dios. Sencillamente dicho: ver el mundo, las situaciones, las ocasiones, los problemas, todo, también el ecumenismo y cuanto a éste concierne, con los ojos de Dios.

(Pedro Langa)

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