Ecumenismo Hoy

Jornada de Diálogo Interreligoso. Entretejidos por la misericordia

Publicamos la crónica larga del Encuentro interreligioso del 17 de abril. Más que una crónica, en realidad es un artículo, porque, en palabras de su autora, Inmaculada González: "He recogida todas las exposiciones de los ponentes. Una vez oídas de nuevo, me parecían que eran interesantes como para recogerlas por escrito y transmitir su contenido a la gente. He querido escribirla dando continuidad a la experiencia de la peregrinación Interreligiosa del Camino de Santiago...

Creo que podemos transmitir un mensaje verdadero, profundo y cordial, de fe y esperanza en el diálogo y encuentro con la diversidad, descubriendo que todas las tradiciones religiosas ofrecen en su corazón LA MISERICORDIA y la COMPASIÓN...

Espero que disfrutes al leerla como yo he disfrutado al escribirla"

 

El pasado 6 de septiembre, un centenar de peregrinos de diferentes tradiciones religiosas concluíamos, en Cruz del Ferro, la “Peregrinación Interreligiosa por la paz y la justicia”, organizada por el DIM1. Iniciábamos el Camino de Santiago con el deseo de ofrecer el testimonio de que las religiones están llamadas a ser fuente de paz en nuestro mundo, siendo nosotros mismos, durante el camino, reflejo de una convivencia pacífica en la diversidad religiosa y espiritual, y generadores de una convivencia en fraternidad, respeto y armonía. Al final de la experiencia, nos costó mucho decirnos adiós, mejor dicho, solo nos dijimos: ¡Hasta pronto! Sabíamos que esta despedida, después de la experiencia vivida, no podía significar un punto final. Pero, ¿cuándo sería realizable ese hasta pronto?

A principios de noviembre de 2015, con gran alegría, el DIM nos volvía a convocar para continuar el camino iniciado en una Jornada Interreligiosa, en abril de 2016, en Madrid. Inmediatamente, al DIM se le unieron otras entidades, para organizar y colaborar en la preparación del evento: CONFER, Casa Turca, Comunidad Masorti Betel, Comunidad BET Januka, Comunidad Dag Shang Kagyu; Comunidad Baha’i de España, Asociación Veda Dharma, Misioneras de la Unidad, Carmelo Ecuménico Interreligioso, Foro Abraham, y la Asociación Ecuménica Internacional.

C2El 17 de abril, nos convocaba un tema apasionante para todos: Entretejidos por la Misericordia. De muchos rincones de España fuimos llegando a la cita. El Colegio Santísmo Sacramento, de la calle Arturo Soria 208, abría generosamente sus puertas de par en par para recibirnos. La convocatoria había sido un éxito: Además de los grupos antes citados, se unieron al encuentro el Grupo de Espiritualidad Universal, Ermitaños Diocesanos, Fundación Carpe Diem Interfe (México), Fraternidad de laicos del monasterio de Santa María de Huerta, Escuela de Silencio, Zendo Betania, Grupo ECUDIR de la Institución Teresiana, Hospitaleros del Camino de Santiago, Peregrinos Interreligiosos, Círculo de Espiritualidad Progresista, Movimiento Interreligioso de Sevilla, Amigos del desierto, y la Conferencia Episcopal Española a través de su delegado de relaciones interconfesionales. Junto a estos nuevos grupos, acudieron también otras muchas personas interesadas en el diálogo interreligioso.

La presencia de esta rica pluralidad religiosa motivó las palabras de saludo de Sergio García, representante de la Comunidad Baha’i: “Ante los cambios que se han producido en la sociedad actual, algunos hablan de que la sociedad se ha secularizado, pero los fenomenólogos de la religión dicen que esta no se ha secularizado como se pensaba, porque la mayor parte de la humanidad sigue siendo religiosa. Lo que encontramos es que muchas formas de religiosidad se han transformado. Es dentro de ese mosaico de formas religiosas donde todos los creyentes, desde nuestras tradiciones o convicciones, estamos llamados a colaborar juntos en la respuesta a los desafíos del mundo de hoy, que son muchos. Por primera vez en la historia, en este contexto, la humanidad tiene la posibilidad de fundir el mundo divino con el mundo humano, uniéndose para eliminar la pobreza, y establecer la justicia, sin olvidar que, del mismo modo, tenemos también ante nosotros la posibilidad de dar respuestas destructivas, y destruir el planeta”.

C3En el contexto en el que vivimos, dijo Sergio, es importante tener en cuenta la contribución que las religiones pueden ofrecer a nuestro mundo. Quizás, este encuentro pueda ser la ocasión de ayudarnos a superar el prejuicio religioso del fundamentalismo que tanto daño está haciendo. En encuentros como este, buscamos principalmente ayudarnos a percibir los fundamentos convergentes de las diferentes tradiciones religiosas, y reconocer, en cierto modo, que, si la humanidad es una, las diferentes convicciones religiosas pueden ser el registro de la relación con el mismo Dios desde la experiencia histórica de la humanidad en diferentes zonas del mundo. Comprender esto puede ayudarnos a superar muchos prejuicios.

C4El programa de hoy, continuó Sergio, está centrado en la idea de la misericordia de Dios. Dos mesas redondas nos van a ayudar a comprender cómo se pueden llegar a fundir ese mundo divino y el mundo humano, o, dicho con otras palabras, el mundo divino y el Reino de Dios. Que esta jornada eleve los espíritus, edifique nuestras mentes, y que todos salgamos de aquí fortalecidos.

Pedro Álvarez Tejerina, representante del DIM, nos saludó con un ¡Ultreia, peregrinos! Y subrayó el objetivo del encuentro. No se trata, dijo, de tener conferencias magistrales, sino de conocernos, convivir juntos, y confraternizar los unos con los otros. A continuación, Celia Macho, representante de CONFER, subrayó la importancia de conocernos. Aquí, dijo, en la pluralidad del grupo, como decía Sergio, está representado un poco el mundo. Hoy es un día importante para conocernos y disfrutar de la convivencia de unos con otros.

Finalizadas las palabras de saludo y bienvenida, comenzamos con unos breves momentos de oración sobre textos de las diferentes tradiciones, que nos abrieron la mente y el corazón para acercarnos y acoger la presencia del Dios clemente, compasivo, rico en misericordia.

 

Primera mesa redonda: La misericordia baja del cielo

La misericordia desde la perspectiva del hinduismo, judaísmo y cristianismo.

La mesa estuvo coordinada por M.ª Jesús Hernando, delegada episcopal de relaciones interconfesionales de la diócesis de Getafe. “Kripa”: La misericordia divina en el hinduismo, por Juan Carlos Ramchandani, sacerdote hindú. Asociación Veda Dharma.

C5Ramchandani comenzó diciendo: El deber eterno del alma es estar en contacto con la divinidad, en estado de gracia, de misericordia. Misericordia es sentir compasión por las personas que sufren, y ofrecerles nuestra ayuda. Es también una cualidad innata de Dios, porque Dios perdona nuestros pecados. Dios, unicidad suprema, tiene múltiples manifestaciones, y no le podemos limitar a una forma o a un nombre.

Dana, es un término sánscrito que significa generosidad. Al que llega, dice el hinduismo, ofrécele un lugar donde sentarse, buenas palabras, y agua, como mínimo, y si puedes más, más. Karuna es una palabra sánscrita que se puede traducir como compasión, ayuda a otras personas en sus necesidades materiales o espirituales.

Kripa, en el hinduismo, significa gracia divina, bendición o misericordia; la gracia que nos da la divinidad, o el maestro, para dar a los otros. Dios nos da la gracia de su misericordia para conocerlo. Dios nos guía, nos lleva a través de su gracia. Estamos en era de conflictos. En ella, Dios se manifiesta de forma cercana en su santo nombre.

De ahí que, en nuestra tradición, recitemos cantos devocionales y mantras, repitiéndolos con las cuentas del rosario. Dios no es diferente de su palabra; por eso, para nosotros, el mantra es Dios. En el mundo espiritual, para nosotros todo es absoluto; por eso, Dios es igual a su santo nombre. Una de las obras de misericordia que desciende de Dios hacia el ser humano es la posibilidad de recitar su santo nombre; con ello, purificamos nuestro corazón y nuestra mente para poder ver con claridad la realidad del mundo y nuestra propia realidad.

En el hinduismo, la llamada a la misericordia nos plantea la cuestión de cómo podemos contribuir, como almas espirituales, a mejorar una sociedad para que sea más equitativa. Los hindúes reconocemos que la misericordia está presente en diferentes formas; respetuosamente, reconocemos la presencia de la divinidad en las diferentes tradiciones religiosas. Hoy, concluyó Ramchandani, es una buena oportunidad para esto, ya que quienes aquí estamos, pertenecemos a muy diversas tradiciones religiosas.

C6Acción de Dios hacia las criaturas. A cargo de Fr. José Luis Navarro, OCEO2 monje trapense del monasterio de Notre Dame de l’Atlas, en Marruecos3 y presidente del DIM.

José Luis comenzó su exposición diciendo: Estamos presentes hoy aquí personas de diferentes tradiciones religiosas, pero con una auténtica experiencia religiosa que comparte una intuición del misterio, y logra captar algún rasgo del rostro de Dios. En toda experiencia religiosa, se revela un antes y un después en nuestro existir como personas humanas. Ese “antes” es el don de existir, recibido gratuitamente, y el “después” viene cuando somos conscientes de nuestra existencia, y surgen repercusiones en la convivencia con el resto de los seres y con la creación, lo que nos mueve a una corresponsabilidad en la administración de ese don recibido. Esto nos lleva al reconocimiento universal de la regla de oro, que está presente en todas las tradiciones religiosas. Esta regla es la norma común fundamental ante el misterio. Nos la propone también el evangelio de Mateo: Todo lo que queráis que os hagan los hombres, hacédselo también vosotros a ellos, porque esta es la ley y los profetas (Mat 7,12).

En este momento, dijo José Luis, desde la tradición cristiana, vamos a buscar juntos ese rostro de Dios, y su acción en las criaturas. Continuó su exposición haciendo un recorrido por esta acción de Dios a través de la revelación en la Palabra de Dios, desde el Primer Testamento. Dios se revela en el tiempo y en la historia, y encuentra en ella a la criatura. La acción de Dios se revela a través de los acontecimientos. La intuición del misterio nos permite percibir algún rasgo del rostro de Dios a través de su misericordia.

El papa Francisco, en la bula de convocatoria del Año de la Misericordia, nos dice que el rostro de Dios es misericordia. La palabra misericordia aparece tanto en el Antiguo Testamento como en el Nuevo; en total, hasta 250 veces. “Dios es paciente y misericordioso, perdona la maldad y la rebeldía.” (Números 14,18). “Un corazón contrito y humillado, tú, Señor, no lo desprecias.” (Sal 50,17). Israel fue el pueblo de la alianza y la misericordia de Dios. Su misericordia en boca de los profetas es una potencia especial del amor que prevalece sobre el pecado y la infidelidad del pueblo elegido. ¿Qué Dios hay como tú, que no se encierre en la falta, y que le guste perdonar? El Antiguo Testamento nos habla de un Dios que es como un padre clemente y misericordioso con entrañas de padre y de madre. La repetición del estribillo del salmo 135, eterna es su misericordia, va más allá del espacio y del tiempo, nos introduce en el interior del misterio eterno del Amor, y en él nos encontramos todos, y todos, cubiertos por la mirada misericordiosa de Dios.

Jesús encarnó este salmo en su propia vida, en su entrega, actitudes y enseñanzas. Sus gestos son manifestación de la misericordia de Dios. En Jesús, Dios ha revelado su misericordia de una manera definitiva. La misericordia de Dios tiene un rostro, y, para el cristiano, ese rostro es el de Jesús, el Mesías. La palabra misericordia es la síntesis de la fe cristiana. Jesús era la misericordia, y con ella leía el corazón de sus interlocutores, y conocía sus necesidades reales.

Fr. José Luis finalizó su exposición recordando el testamento del abad del monasterio de Tibhirine (Argelia), el P. Christian de Chergé como expresión de un rostro actual de la misericordia cercana de Dios.

Mi muerte, evidentemente, parecerá dar la razón a los que, a la ligera, me han tratado de ingenuo o de idealista: "¡Que diga ahora lo que piensa de esto!" 4

Pero estos tienen que saber que, por fin, será liberada mi más punzante curiosidad. Entonces, si Dios así lo quiere, podré hundir mi mirada en la del Padre para contemplar con él a sus hijos del Islam tal como él los ve, enteramente iluminados por la gloria de Cristo, frutos de su Pasión, inundados por el don del Espíritu, cuyo gozo secreto será siempre establecer la comunión, y restablecer la semejanza, jugando con las diferencias.

Por esta vida perdida, totalmente mía y totalmente de ellos, doy gracias a Dios, que parece haberla querido enteramente para este GOZO, contra todo y a pesar de todo.

En este GRACIAS en el que está todo dicho, definitivamente, sobre mi vida, os incluyo, por supuesto, amigos de ayer y de hoy, y a vosotros, amigos de aquí, junto a mi madre y mi padre, mis hermanas y hermanos y los suyos, ¡se me ha concedido el céntuplo como se nos prometió!

Y a ti también, amigo del último instante, que no habrás sabido lo que hacías.

Sí, para ti también quiero este GRACIAS, y este "A-DIOS" en cuyo rostro te contemplo.

Y que nos sea concedido rencontrarnos como ladrones felices en el paraíso, si así lo quiere Dios, Padre nuestro, tuyo y mío.

¡AMEN! ¡IM JALLAH!

C7Sabiduría divina que dirige la historia y el tiempo, por el rabino Mario Stofenmacher de la comunidad Masorti Bet-el5 .

Mario Stofenmacher comenzó recordando el diálogo de Dios con Abram antes de que Dios le cambiara el nombre (Gén 12). Dios le dijo: Hijo, vete de la casa de tus padres. Mira todo lo que está ahí. Yo te lo voy a dar en heredad, pero te advierto que vas a vivir como esclavo durante muchos años en tierra extranjera. Ante esto, dijo Mario, la pregunta que me brota es: ¿Qué queda en mi mano si él dirige el tiempo y la historia, si todo está en su mano? ¿Qué me queda a mí? ¿Qué le quedaba a Abram en ese momento para poder cambiar el destino que Dios le imponía con su promesa? Es cierto que le decía que le iba a dar una herencia maravillosa, sin embargo, a la vez, le estaba diciendo también que, desde ese momento, iba a vivir durante muchos años como extranjero en la tierra, y que sería esclavo.

Ante la vida, los animales responden desde su condición de animales. Nosotros tenemos que responder desde nuestra condición de personas. Tenemos en nuestras manos la capacidad de decidir qué tipo de persona queremos ser, pero tenemos también en nuestras manos la posibilidad de decidir cómo queremos vivir nuestra vida.

A pesar de los condicionantes biológicos, psicológicos o sociales que podemos tener, al final, siempre tenemos en nuestras manos la capacidad de decidir cuál va a ser la respuesta que demos a nuestra vida. En el judaísmo, el libre albedrío, tal como lo describe Maimónides, es intrínseco al alma del ser humano. El alma que está dentro de nosotros es ese aire divino, esa ruah, viento divino que inunda nuestro cuerpo, y transforma la materia en algo verdaderamente espiritual. Es alma divina, y, por tanto, saber y conocimiento de Dios. Aquel que es eterno en tiempo y en espacio está dentro de nosotros.

Cuando hablamos de sabiduría, de la gestión de nuestro tiempo, tenemos que mirar dentro de nosotros, porque dentro de nosotros habita Dios, y ante él tenemos que decidir lo que decidimos.

Al cielo y a la tierra pongo hoy por testigos contra vosotros de que he puesto ante ti la vida y la muerte, la bendición y la maldición. Escoge, pues, la vida para que vivas, tú y tu descendencia. (Deuteronomio 30,19). Dios mismo nos plantea que, si bien es cierto que él decide y tiene poder sobre el tiempo y sobre todo lo que sucede, a nosotros nos permite tomar la decisión sobre la vida y, por tanto, sobre la bendición. Es una paradoja. Por un lado, aceptar que Dios todo lo puede, todo lo sabe, y, sin embargo, en nosotros está la decisión de qué hacer con nuestra vida. ¿Cómo entender esto? ¿Acaso Dios no ha determinado lo que tengo que hacer?

El Talmud dice: Es cierto; todo está en las manos del cielo, lo único que no está en manos del cielo es el temor de Dios. El temor como sensación de profundidad y dignidad que hay en nosotros. El Talmud dice también que todo está prescrito y que, aun así, nos es dada la capacidad de elegir. ¿Por qué es así? Porque Dios está fuera del tiempo.

Dios está en todo tiempo. Dios está con nosotros ahora mismo, y se encuentra con lo que yo he sido, y conoce todo lo que yo puedo ser. Ahora me toca a mí, en este momento presente, elegir entre todas las acciones posibles. El presente-pasado habla de lo que fui y no hice. El presente-presente me habla de lo que tengo en mis manos, de lo que puedo elegir hacer, y, en el momento que elijo, Dios me acompaña por el camino. Las opciones están delante de nosotros porque nos las ha puesto con la propia creación. Y Dios sigue creando, y decimos que está en todas partes. Si Dios lo llena todo, nosotros no cabemos.

La Cábala planteó que Dios, en un acto de generosidad, decidió retirarse del espacio de esa creación; Dios se retiró para dar espacio a la creación humana. Él se retira de ese espacio, y nos da a nosotros poder para decidir qué es lo que hemos de hacer.

En el libro del Éxodo, aparece lo que es la misericordia: Adonai, Adonai, misericordioso, piadoso, tardo a la ira, benevolente… Aquí se recogen los trece atributos con los que se define a Dios. El que me perdona antes de que me equivoque; el que me perdona y es compasivo después de equivocarme. Él es compasivo; ser compasivo es su raíz. Él perdona, perdona todo aquello que hemos hecho, busca el bien para los demás y para nosotros mismos. Tardo a la ira, bondadoso; perdona nuestras iniquidades, nuestras trasgresiones, nuestros errores, y nos limpia.

Mario concluyó su exposición con dos reflexiones. En la vida interconfesional, dijo, hay muchas cosas que nos diferencian, pero también hay elementos claves que nos acercan unos a otros, como la familia, la transmisión de nuestras tradiciones. Esto es algo bastante sencillo de entender; sin embargo, definir la fe es más complejo, porque la fe es algo que no podemos tocar ni explicar de manera científica. La fe nos enfrenta a intentar definir aquello que no vemos, que no tocamos. Esto tiene que ver con el silencio, con el silencio del alma, con el silencio de lo que nos conecta con Dios.

Stofenmacher recordó una entrevista que hicieron a la madre Teresa de Calcuta en la que le preguntaban qué le decía ella a Dios cuando rezaba. Su respuesta fue: “Estoy en silencio”. El silencio es la virtud que nos permite a las personas conectarnos unas con otras. No es la palabra lo que nos conecta; lo que nos conecta es la escucha, el silencio.

 

La segunda mesa redonda tuvo por título: La misericordia da fruto en la tierra

C8Estuvo moderada por Inmaculada González, presidenta de la Asociación Ecuménica Internacional.

Egoísmo, altruismo y compasión. Conferencia impartida por Karma Tenpa, monje budista de la Comunidad Dag Shang Kagyu, y presidente de la ONG Creciendo en Nepal, que atiende a niños de una zona desfavorecida de Katmandú.

Karma Tenpa hizo una presentación del concepto de compasión (misericordia) en el budismo, y de la filosofía desde la cual esta tradición religiosa invita a sus fieles a cultivarla y practicarla.

Comenzó su intervención recordando algunas valoraciones negativas que muchas veces se hacen de nuestras acciones humanas, como, por ejemplo: los humanos son egoístas, es buena la avaricia, el altruismo es una ilusión, la cooperación es sinónimo de dependencia, la competencia es natural, las guerras son inevitables, el mal es más fuerte que el bien en la naturaleza humana, etc. Estas afirmaciones reflejan suposiciones muy antiguas sobre las cualidades emocionales del ser humano. La misma idea de compasión, esa preocupación que sentimos por el bienestar de otro ser humano, en ocasiones, ha sido también valorada negativamente. Ante ello surge la pregunta: ¿Puede existir una auténtica compasión, o en nuestras acciones siempre buscamos nuestro propio interés?

El egoísmo, dijo Karma Tenpa, es un estado cuyo objetivo último es aumentar el bienestar propio, en oposición al altruismo, cuya motivación y objetivo último es aumentar el bienestar de otra persona; lo que se busca desde el altruismo es el bien del otro, en contraposición al egoísmo, que utiliza al otro para el propio bien.

Karma Tenpa subrayó la importancia de saber distinguir entre el egoísmo y el altruismo, porque los dos pueden motivar un comportamiento de ayuda y cooperación, pero, en el egoísmo, todos los actos de bondad hacia los otros tienen como objetivo último aumentar el bienestar propio, es decir, puede ser que lo que en verdad perseguimos sea sentirnos bien con nosotros mismos, lograr una satisfacción moral, o evitar el sentimiento de culpa, disminuyendo la tristeza que nos causa ver sufrir a otra persona. Este tipo de ayuda encerraría un motivo egoísta puesto que lo que la motivaría sería el propio beneficio.

Estudios recientes sobre la compasión manifiestan una perspectiva diferente en la naturaleza humana. La investigación sugiere que la compasión y la benevolencia son una parte evolucionada de la naturaleza humana, enraizada en nuestro cerebro y biología, y lista para ser cultivada para el bien común. La hipótesis que plantean es que la implicación empática da lugar a la motivación altruista.

Según esta hipótesis, la implicación empática se refiere a una emoción orientada hacia el otro, evocada al ver a una persona con una necesidad; es un sentimiento que brota ante la persona que tiene una necesidad. La implicación empática incluye sentimientos de solidaridad, compasión y ternura por el otro.

Es evidente que la implicación empática va asociada a un alto grado del sentido de disponibilidad. Según una explicación altruista, beneficiar al otro es nuestro objetivo último. Lo que nos preocupa es el bienestar del otro, aunque también es cierto que, a la vez, nos beneficiamos a nosotros mismos. Nos sentimos mejor, quizás nos alegra que el otro se sienta mejor, y así evitamos el sentimiento de culpa, pero estas son consecuencias no intencionadas.

La implicación empática también genera motivaciones altruistas y estas motivaciones son realmente poderosas. Así pues, creo que, si queremos entender el comportamiento humano, tenemos que tomar en consideración el altruismo que la empatía genera.

¿Qué es lo que nos hace experimentar una motivación generada por la empatía? Parece que hay dos condiciones claves: valorar el bienestar del otro, y percibir que el otro tiene una necesidad. El proceso empieza con la valoración. Si no valoramos el bienestar del otro, aunque percibamos que ese otro tiene una necesidad, no llegaremos a una implicación empática.

En la segunda parte de su exposición, Karma Tenpa hizo una introducción al concepto budista de la compasión, concepto que podemos poner en paralelo con el de misericordia como camino para liberar el sufrimiento.

El budismo, dijo, desde hace más de 2.600 años, afirma que, en todos los seres sensibles, hay un núcleo de bondad original, y todos los estudios, reflexiones y prácticas meditativas que ofrece el budismo, desde las más simples hasta las más complejas, buscan despertar y afianzar ese núcleo de bondad.

Hace más de dos mil años, el joven llamado Siddhartha —todavía no iluminado, por lo tanto, todavía no llamado Buda— dedicó muchos años a entrenar su mente y su cerebro. En la noche de su despertar miró profundamente en su mente —que reflejaba y revelaba las actividades subyacentes de su cerebro—, y vio allí las causas del sufrimiento, y el camino a la liberación del sufrimiento. Durante los siguientes cuarenta años, deambuló por el norte de la India, enseñando su doctrina a todo el que le quería escuchar, para apagar el fuego de la avidez y el odio, vivir con integridad, calmar y concentrar la mente para ver a través de la confusión, desarrollar una inteligencia aguda, precisa y liberadora. Se puede decir que lo que enseñaba era virtud, atención plena y sabiduría. Estos son los tres pilares de la práctica budista, y también las fuentes del bienestar cotidiano, del crecimiento psicológico, y de la realización espiritual.

Pero nos podemos preguntar: ¿Es posible cultivar la compasión, o esta viene determinada por nuestros genes? La neurociencia reciente sugiere que las emociones positivas son menos heredables, es decir, menos determinadas por nuestro ADN, que las emociones negativas. Otros estudios indican que las estructuras del cerebro involucradas en emociones positivas, como la compasión, son más plásticas, es decir, están sujetas a cambios a través de estímulos del medioambiente. Así que, tal vez, podemos pensar en la compasión como una habilidad de base biológica. La compasión es un rasgo humano que podemos desarrollar ofreciéndole un contexto apropiado.

La empatía es la capacidad de compartir indirectamente un sentimiento con otra persona. Tú sientes dolor, y yo siento junto a ti tu dolor. Comparto un sentimiento parecido al tuyo, pero, al mismo tiempo, sé que ese dolor que yo siento no es mío. Existe una clara distinción entre yo y tú. Esta cualidad de compartir emociones o empatizar con otros no está asociada necesariamente a una motivación o comportamiento pro-social. La motivación pro-social requiere implicación y compasión respecto al bienestar del otro, lo cual, a su vez, lleva a un comportamiento pro-social, o comportamiento que beneficia al otro.

La empatía puede generar un comportamiento pro-social, o no generarlo. Por ejemplo, si tu dolor se refleja en mí con demasiada intensidad, y hasta me provoca angustia personal, puedo tener la tentación de intentar reducir mi propio sufrimiento, y alejarme, incluso, de ti para que no me afecte tan negativamente. Esta reacción sería contraria a un comportamiento pro-social. Cuando nos enfrentamos al sufrimiento de otra persona, no compartimos necesariamente el mismo sentimiento; sin embargo, podemos sentir calidez y amor hacia ella. Esto nos motiva a aliviar su sufrimiento. Creo, dijo Karma Tenpa, que esto está muy cerca de la noción budista de la compasión. Esta distinción entre empatía y compasión es crucial. La empatía sola no basta para generar una motivación y un comportamiento pro-social; tiene que transformarse en compasión o implicación empática.

En la práctica budista existe también una forma de entender el proceso del cultivo de la compasión. Uno de los elementos clave que se necesita para experimentar compasión por alguien es alguna forma de aprecio por esa persona o por cualquier ser sensible. El aprecio conduce, de alguna manera, a establecer una conexión con ella. A veces, puede suceder que uno no pueda soportar la visión del sufrimiento del otro.

En el budismo, dijo Karma Tenpa, lo primero que tratamos de hacer es desarrollar este tipo de percepción por los otros, como seres queridos, tan queridos como nuestros seres más cercanos, y, desde ahí, vamos extendiendo ese amoroso interés, poco a poco, a los que están menos cercanos, llegando a los más lejanos, incluso a los desconocidos, y hasta a aquellos con los que mantenemos algún conflicto. En este proceso se subraya el interés que hay en cada uno de ellos por ser feliz y alejarse del sufrimiento.

El proceso empezaría cultivando la percepción de los demás como seres queridos y merecedores de nuestro interés. Luego, al unir esa percepción con las necesidades de los demás, cultivamos la motivación para ayudar a los otros, logrando con ello un verdadero comportamiento, o acción altruista. Esto puede traducirse como presencia despierta, es decir, hacer lo que tengo que hacer con una aproximación consciente de lo que es el otro, ese otro que tiene un nombre escrito en el corazón: ser humano. Esa presencia completa y cabal en mí, es amor incondicional, es una presencia interna superior, la presencia del corazón.

Karma Tenpa preguntó: ¿Cómo podemos mantener la espontaneidad del amor incondicional ante las expresiones emocionales condicionadas?

Cuando nuestra personalidad entra en conflicto con la personalidad del otro, este condicionamiento da paso, inevitablemente, a los sentimientos conflictivos, pero, en su esencia más profunda, el amor incondicional ignora todo condicionamiento. Los obstáculos descubren la vulnerabilidad y la ternura del corazón, lo íntimo. La aceptación amable despierta el corazón.

Nuestra mente es pura, pero también está cubierta por capas y capas de oscuridades que llamamos velos cognitivos y emocionales. Pasamos el tiempo ocupados en atender las demandas de todos nuestros pensamientos, de nuestras actividades mentales, de toda nuestra palabrería, etc. Tendríamos que ser capaces de reconocer cuánto tiempo y energía consumen esas demandas y cómo respondemos a ellas.

La libertad y la capacidad de elección nos permiten ver que podemos continuar con el impulso de la distracción, o elegir mantener la atención, lo cual nos va a llevar a conectar con nuestra naturaleza básica tranquila, abierta y espaciosa. De esta manera, iremos integrando el renunciar a dejarnos aturdir por las distracciones. A continuación, la fuerza de esta familiaridad ya integrada se convertirá en un despertar que no podrá ser opacado por los impulsos que constantemente pretenden llevarnos a las tendencias habituales de la distracción.

Este es el camino, aunque en él encontremos obstáculos, y esto nos entristezca. La única manera de atravesar estas decepciones sin dañarnos ni dañar, es abrir el corazón en los momentos en los que preferiríamos cerrarlo, aliarse con el otro de corazón a corazón, acompañándole en sus intentos por alcanzar la dimensión más elevada de su ser. Ver la bondad incondicional de las personas más allá de las limitaciones del yo condicionado, e irradiar afecto y empatía hacia todos los seres que ocultan su ternura por miedo a ser heridos; todos necesitan de nuestro amor incondicional para despertar su corazón. “Sé amable, pues cada persona con la que te cruzas está librando su ardua batalla” dijo Platón.

Por nuestra parte, nosotros debemos afrontar lo que se esconde en nuestros cuerpos y en nuestros corazones, tal vez, una vieja tristeza, desazón, hastío, etc., que provienen de expectativas y fracasos pasados. Si no lo hacemos, nos sentiremos atrapados en una sensación fragmentada, incompleta, de falsedad o hipocresía. Necesitamos adentrarnos en esos profundos y dolorosos paisajes, y, para ello, no necesitamos otro impulso que el de satisfacer nuestro anhelo de totalidad integrando la aceptación.

Abrirse a la vulnerabilidad misma, no eludirla. Y, aunque nos sintamos inseguros, indecisos, y no podamos controlar nada, ni siquiera seamos coherentes, conectar con nuestras propias herencias emocionales nos permitirá ser. La meditación budista nos enseñará a aceptar incondicionalmente nuestra experiencia más allá del gusto o del desagrado, y esta actitud, no reactiva, se ve alentada por la cordialidad y el respeto, a la vez que lo estimula.

La mayoría de los conflictos entre las personas se originan por no entender los motivos del otro. Todos tenemos nuestras razones para decir lo que decimos, o hacer lo que hacemos. Cuanto más nos dejemos guiar por la compasión y sepamos detenernos, al menos unos momentos, para tratar de entender qué motiva a la otra persona, menos posibilidades tendremos de entrar en conflicto. Pero, si se presentan problemas, respirar profundamente, y escuchar con el corazón abierto lo que está ocurriendo nos permitirá relacionarnos con el conflicto de manera más eficaz, calmar las aguas, y resolver nuestras diferencias de tal forma que todos queden satisfechos, sin ganadores ni perdedores.

La compasión es la sabiduría espontánea del corazón. Siempre está con nosotros, siempre lo ha estado y siempre lo estará.

C9“El reflejo de la misericordia divina en el orden social”, conferencia impartida por Miryam Sanz Andrés, miembro de la Oficina de Asuntos Públicos de la Comunidad Baha’i de España.

Miryam presentó cómo la búsqueda de la transformación de un orden social deteriorado es reflejo de la misericordia divina en la tierra, según Bahá’u’lláh. Comenzó contextualizando la aparición de la Fe baha’i, y dividió su exposición en cinco puntos.

Antes de adentrarnos en la visión de transformación social que presentan los textos de Bahá’u’lláh, dijo, haremos una breve contextualización atendiendo a tres aspectos: el contexto de expectativa mesiánica del que emerge, la conexión de la Fe bahá’í con otras tradiciones religiosas, y la figura profética de Bahá’u’lláh.

El siglo diecinueve fue un periodo de gran efervescencia religiosa. Diferentes movimientos en distintas partes del mundo proclamaban que las promesas contenidas en sus tradiciones acerca del final de los días, y de la apertura de una nueva era de paz y de hermandad, pronto se harían realidad. Los milleritas de EE. UU., que esperaban la venida de Jesús en las montañas, y los templarios alemanes, que se trasladaron hasta Haifa para fundar una comunidad religiosa que reflejara los ideales cristianos, y atrajera al Señor de los ejércitos, de que habla la Biblia, son dos ejemplos conocidos para el público occidental. Dentro del Islam chiita, no obstante, también surgieron movimientos mesiánicos, siendo el más significativo el shaijismo de Persia, que, a la luz de su fundador Shayk Ahmad y de su sucesor Siyyid Kazim, preparaba a un gran número de discípulos para la aparición del Mehdí prometido.

Siyyid Alí Muhammad, quien adoptó el título del Báb ―la Puerta―, proclamó, en 1844, en Shiraz, ser ese gran personaje histórico. Fundó una religión, con un libro sagrado propio, cuyo propósito fundamental era preparar el terreno para la llegada del prometido de todos los tiempos y de todas las tradiciones religiosas, en las propias palabras del Báb: “Aquel a quien Dios se manifestará”.

Uno de sus seguidores, Mirza Husayn Alí, quien posteriormente adoptaría el título de Bahá’u’lláh (la Gloria de Dios), asumió el liderazgo del movimiento, y, en 1863, estando desterrado en Bagdad, anunció que él era “Aquel a quien Dios se manifestará”, prometido por el Báb, y anunciado en las grandes tradiciones religiosas del mundo.

Así pues, la Fe bahá’í, aunque originaria de Irán, tiene aspiraciones universales desde su comienzo. “La Fe bahá’í es una religión nueva, independiente y universal, fundada en Persia en el siglo pasado por Bahá’u’lláh, que cumple las promesas de las religiones del pasado, y cuya meta es la unificación de toda la humanidad”.

En este sentido, Bahá’u’lláh concebía la religión como un sistema de conocimiento y práctica que se renovaba cada siglo, o cada medio siglo, mediante la aparición en la tierra de una manifestación de Dios. Él mismo proclamaba ser una manifestación de Dios que vendría a dar impulso a un proceso civilizador de la humanidad que no tiene ni principio ni fin. Cada uno de estos personajes proféticos ―Krishna, Abraham, Moisés, Zoroastro, Buda, Jesús, Muhammad― aparecieron en una época y un lugar específico, pero tenían el mismo propósito: educar a la humanidad.

Miryam finalizó esta introducción diciendo: Por último, en esta contextualización, señalaremos que Mirzá Husayn Alí (Bahá’u’lláh) nació en 1817, en Nur, cerca de Teherán, y que era hijo de Mirzá Buzurg, un noble aristócrata persa. Sin embargo, Bahá’u’lláh renunció a sus privilegios para seguir el llamamiento que Dios le había hecho, como él expresaba repetidamente. A partir de entonces, sufrió torturas, persecuciones, exilios en Bagdad, Constantinopla, Adrianópolis, y Acre ―Akká―, y encarcelamientos, tanto en Persia como en territorio otomano. A pesar de ello, su influencia crecía enormemente, y él no cesó de escribir cartas, tablas y tratados, que sus seguidores consideraban palabra sagrada revelada. En ellos, abordaba todas las cuestiones fundamentales de la vida individual y colectiva, integrando siempre aspectos espirituales y materiales de la existencia. Murió en San Juan de Acre, prisionero del imperio otomano. Hoy, en Haifa, alrededor de su lugar de reposo, y del de su Precursor ―el Báb―, se ha erigido el Centro Mundial Bahá’í, desde donde se coordinan las actividades de una comunidad mundial de siete millones de personas, esparcida por todo el mundo: un microcosmos de la infinita diversidad de la especie humana.

A continuación, Miryam expuso los rasgos esenciales de la concepción singular del cambio social que se desprende de los escritos de Bahá’u’lláh a través del cuestionamiento radical del orden social actual.

Este es un aspecto fundamental en la Fe bahá’í. En los escritos de Bahá’u’lláh se hace referencia constante a diferentes aspectos relacionados con la organización social. De forma recurrente se alude a conceptos tales como “la civilización”, “la realidad social” o “el orden social”. Estas grandes categorías indican que Bahá’u’lláh no está hablando simplemente de una renovación espiritual que atañe al comportamiento individual, sino que se refiere a una gran ruptura en la civilización, que implica, por lo menos, una nueva cosmovisión, una nueva cultura, nuevos acuerdos intersubjetivos, nuevas concepciones, un nuevo tipo de relaciones entre los individuos, los individuos y las instituciones, las instituciones entre sí, la comunidad y el individuo, el hombre y la naturaleza; nuevas formas de organización económica y política, nuevos sistemas educativos y científicos, y nuevas formas de expresión artística. En otras palabras, parece estar hablando de un nuevo ciclo histórico que implica una profunda transformación tanto de los individuos como de las comunidades y las instituciones, y de las relaciones entre todos ellos.

Describe la situación del orden actual sin ambigüedades. Lo califica de defectuoso y sin posibilidad de arreglo, y afirma que ha de ser remplazado.

En este sentido, y a pesar de que prevé que surgirá una civilización mundial justa, unificada y pacífica, Bahá’u’lláh plantea que esta civilización no será el resultado de pequeños ajustes en el orden establecido, ni de la extensión de la democracia liberal, ni de la mera transformación de las personas, ni de la diseminación global de un sentimiento espiritual.

Esas declaraciones no son, en realidad, manifestaciones pesimistas con respecto el futuro de la humanidad. Todo lo contrario. Lo que pretenden es ilustrar la magnitud de la transformación que ha de acontecer como resultado de los esfuerzos concertados de toda la familia humana por traducir a la realidad la visión de Bahá’u’lláh para el mundo.

A continuación, Miryam, desde la Fe bahá’í, presentó una interpretación particular de la historia.

Los escritos bahá’ís contienen una visión singular del pasado, del momento histórico presente, y del futuro. En primer lugar, la historia de la humanidad se concibe en términos de evolución hacia unidades de organización social más amplias. La familia, el clan, la tribu, la ciudad estado y el estado nación vendrían a representar niveles de organización social cada vez más complejos. En esta época, el desafío consistiría en dar el siguiente paso lógico en el proceso de evolución social para poder establecer la unidad de la humanidad. En todo este proceso, la religión ha tenido un impulso fundamental. La figura de Bahá’u’lláh, por tanto, estaría destinada a contribuir al establecimiento de un estadio más avanzado en la evolución social de la especie humana: su unidad. Este es el sello distintivo de su misión.

En segundo lugar, los escritos bahá’ís indican la existencia de un propósito subyacente a la evolución tanto individual como social. En cuanto a la evolución individual, se plantea que la evolución biológica desde organismos más sencillos hacia organismos más complejos contenía, de forma latente, un fruto: la aparición del alma racional.

En tercer lugar, Bahá’u’lláh utiliza la analogía de la evolución de un ser humano desde su niñez hasta su edad adulta para explicar los cambios que están ocurriendo actualmente en el mundo. En particular, se refiere a esta época como a la adolescencia de la humanidad, cuando el cuerpo ―la ciencia, la tecnología, los inventos― es fuerte y ha adquirido proporciones significativas, pero las facultades mentales todavía no han logrado canalizar esos nuevos poderes.

Por último, al analizar las fuerzas que operan en el mundo, los escritos bahá’ís mencionan dos procesos paralelos que estarían forzando a la humanidad a establecer un nuevo orden mundial pacífico, que respete las autonomías nacionales, donde el principio de soberanía se subordine al bien colectivo, que remplace la competición por la cooperación y la reciprocidad, que se articule alrededor de la justicia social, y que tenga en cuenta las aspiraciones de la mayoría de los pueblos del mundo. Uno de esos dos procesos sería de naturaleza desintegradora y estaría barriendo los obstáculos para avanzar hacia dicho orden mundial. Los signos de ese proceso se observan por doquier: la desintegración de los lazos familiares, políticos y religiosos, la crisis del estado-nación, los problemas económicos mundiales, el calentamiento global, la violencia transnacional, la pobreza estructural, las enfermedades infecciosas que traspasan las fronteras, etc. El segundo tipo de fuerzas estaría relacionado con un proceso de integración que propulsa a la humanidad hacia esa etapa superior de evolución social. Durante los últimos 150 años, se pueden observar múltiples fenómenos conectados con este proceso: los movimientos por los derechos humanos, por la paz, por la emancipación de la mujer, y por el sufragio universal; la conciencia ecológica; la creación de organismos internacionales; la universalización de la educación; la extensión de cierto sentimiento de solidaridad internacional; la proliferación de organizaciones no gubernamentales que trabajan por erradicar la pobreza; los avances científicos y tecnológicos, etc. Así, estos dos procesos estarían contribuyendo de forma diferente, tal como ya se ha señalado, al surgimiento de un nuevo orden mundial.

En el cuarto punto, Miryam abordó la concepción bahá’í de la transformación social.

La concepción bahá’í de la transformación social está ligada a dos convicciones. La primera se enunció con anterioridad, y gira en torno a la idea de que el orden actual no está en condiciones de un posible arreglo. Se necesitan cambios fundamentales en todos los aspectos de la vida humana: en la vida del individuo; en las relaciones entre los individuos, las comunidades y las naciones; y en la estructura económica, social y política del mundo. Este cambio no se realizará gracias al triunfo de alguna ideología actual sobre otras, sino mediante el establecimiento de nuevas estructuras ―mentales y sociales― cuyas premisas básicas serán diferentes de lo que existe, o de lo que se propone hoy en día. Esto no significa que se abogue por la destrucción, sino que se plantea una reconstrucción.

La segunda convicción está ligada al reconocimiento del potencial ilimitado del ser humano. Los escritos bahá’ís plantean que los seres humanos tienen una doble naturaleza: una superior y otra inferior. La inferior es compartida con los animales, y supone el resultado de un largo proceso de evolución biológica. Está caracterizada por impulsos que fueron necesarios en el proceso de lucha por la supervivencia, tales como el miedo, la agresividad, la competición o el egoísmo. La naturaleza superior del ser humano vendría a ser el alma racional o el espíritu humano, que posee la potencialidad de reflejar los atributos de Dios, tales como la sabiduría, la nobleza, la compasión, el altruismo, la generosidad o la creatividad. Uno de los propósitos de la educación consistiría en fortalecer la naturaleza superior del hombre para poder canalizar los impulsos animales de manera apropiada.

Tras estos planteamientos preliminares, se puede aseverar que la concepción bahá’í de transformación social aboga por un cambio profundo en tres niveles: el de los individuos, el de las comunidades y el de las instituciones. Este enfoque trasciende tanto los movimientos individualistas como los colectivistas. Los primeros buscaban transformar la sociedad centrándose en el cambio de los individuos, para convertirlos en actores económicamente racionales, o en ejemplos de las virtudes de una u otra religión. Los segundos, construir un nuevo mundo reemplazando las estructuras del poder.

Desde la perspectiva bahá’í, por lo tanto, la transformación social debe comenzar desde abajo: ha de basarse en un proceso de creación de capacidad en los individuos, las comunidades y las instituciones para avanzar hacia el orden mundial previsto por Bahá’u’lláh.

Un último aspecto fundamental de la concepción bahá’í de la transformación social al que esta comunidad ya le está prestando atención, como se verá posteriormente consiste en generar un proceso de aprendizaje colectivo para traducir a la realidad y a la acción las enseñanzas de Bahá’u’lláh, y, así, hacer surgir una nueva realidad social. Para ello, se establecen estructuras locales, regionales e internacionales que puedan guiar este proceso.

Miryam completó la visión de la transformación social con la presentación de los principios rectores y la propuesta programática bahá’í.

En los escritos fundacionales de la Fe bahá’í, existen múltiples referencias a diversos instrumentos, concepciones, principios, sistemas, mecanismos para la toma de decisiones, estructuras, instituciones o leyes, todos encaminados a hacer avanzar la civilización hacia la visión de Bahá’u’lláh: un mundo unido, próspero, justo, sostenible y pacífico. Sin embargo, la comunidad bahá’í, bajo la guía de su autoridad suprema, la Casa Universal de Justicia, actúa dentro de un marco sistemático, organizado por planes progresivos que construyen sobre los anteriores, y que priorizan áreas de acción, de forma que se pueda ir avanzando hacia esa civilización gloriosa que predicen sus escritos sagrados.

Las comunidades bahá’ís del mundo, junto con amigos y vecinos, se esfuerzan mayoritariamente por establecer procesos de desarrollo comunitario en pueblos y barrios de las ciudades. En estos contextos geográficos relativamente pequeños, personas y colectivos de cualquier origen aprenden a trabajar en equipo para mejorar la vida espiritual, económica y social de su entorno.

Este proceso, al que los bahá’ís se refieren a veces como construcción de comunidad, se inicia con una serie de actividades de naturaleza educativa que se complementan con otras de carácter espiritual. Sin embargo, por muy sencillo que parezca al principio, lo que pretende es empoderar a grupos, cada vez mayores, para que emprendan un sendero de transformación colectiva a largo plazo que logre generar barrios, pueblos y ciudades sostenibles en todos los aspectos. En cierta forma, se esfuerzan por construir un modelo de organización social alternativo.

Toda esta acción colectiva está imbuida de un fuerte carácter espiritual. Bajo la perspectiva bahá’í, la dimensión espiritual y la actitud de adoración son fundamentales para dar respuesta al anhelo de sentido que hay en el alma humana; suscitan fuerzas muy poderosas que permiten que pequeños grupos realicen grandes cosas, doten de mayor significado a lo que hacen, y, sobre todo, mantengan siempre en la mente y en el corazón el convencimiento de que Dios está en el centro de todo lo que se hace.

Transformar la sociedad y contribuir al avance de la civilización, como ya se ha especificado, implica trabajar en, prácticamente, todos los ámbitos de la vida social: la economía, la cultura, la política, la ciencia, la tecnología, las artes, la educación, por mencionar algunos. Todos estos aspectos se van abordando progresivamente en el camino hacia el establecimiento de un modelo alternativo de organización social.

Ámbito de actividad de los bahá’ís no es solo el crecimiento y desarrollo de la propia comunidad. Están implicados en otros dos que se entrelazan estrechamente con este: la acción social y la participación en el discurso público.

Miryam concluyó su exposición recalcando que los escritos de Bahá’u’lláh en particular, y los textos a que los bahá’ís reconocen autoridad, en general, presentan una concepción de la transformación social sin parangón en la historia religiosa, social o política. Cuestionan radicalmente el orden actual, afirmando que es defectuoso, y que no tiene posibilidad de arreglo con unos pequeños ajustes en algún aspecto de la organización social. Esta concepción está anclada en una perspectiva novedosa de la historia que considera la unificación del planeta como la siguiente etapa lógica en el proceso de evolución social. La religión, a través de sucesivos personajes proféticos que proceden del mismo Dios, sería el motor principal de la historia, y el acicate fundamental del avance de la civilización. Desde este ángulo, la transformación social ha de ser el resultado de cambios profundos, tanto a nivel de los individuos como a nivel de las estructuras de la sociedad.

Existe una propuesta programática para dicha transformación, y no simplemente enunciados desiderativos o ideales inspiradores. La comunidad bahá’í tendría el cometido de construir un modelo alternativo de organización social basado en los principios de cooperación y reciprocidad, de sostenibilidad, de justicia social, y de generación colectiva de conocimiento práctico acerca de la transformación social. Este modelo de organización social equilibra los aspectos espirituales, materiales y prácticos de la vida, y podría servir ―especialmente el orden administra[vo― de núcleo y modelo para un nuevo orden mundial que refleje los ideales proclamados por Bahá’u’lláh.

C10“El reflejo de la misericordia divina en la práctica religiosa. Su misericordia con nosotros mismos y con el Islam”. Por Vicente Mota, imán del Centro Cultural Islámico de Valencia en 2004, y miembro del grupo Espacio de Encuentro Interreligioso de Valencia (EEIV)

Vicente comenzó su exposición recordando la primera experiencia que tuvo el profeta Mahoma con la misericordia de Dios, cuando el ángel Gabriel le leyó un versículo del Corán que decía: “Mohammad, tú eres el siervo de Dios […] y yo soy Gabriel. Mohammad quedó temblando ante este mensaje y la responsabilidad que Dios le encomendaba. Ante la duda de que no fuese Dios quien le enviaba tal mensaje, se lo contó a su mujer, Jadiyya, que lo llevó a visitar a su primo Waraqa Bin Naufal, eremita cristiano, para que les diera su opinión sobre lo ocurrido. Waraqa escuchó el relato de Mohammad, y dijo: “Estoy seguro de que el ángel que descendió sobre Moisés ha descendido sobre ti. Quisiera seguir vivo para prestarte mi apoyo cuando tu gente te dé la espalda”.

La primera sura del Corán dice: “¡En el nombre de Dios, el Compasivo, el Misericordioso! Esto se les enseña a los niños, y se les enseña a repetirlo en cada una de las acciones que realizan, porque todas nuestras acciones, nuestra vida y nuestra práctica religiosa han de girar en torno a él. Para eso estamos aquí; a él nos debemos.

La palabra árabe que se traduce como misericordia es Rahma; etimológicamente viene de la raíz Rajamín, que significa útero. Las relaciones familiares se consideran como la unión de los úteros. El Profeta dice que las relaciones familiares están enganchadas al trono del Misericordioso; si alguien las rompe, Dios romperá el lazo que le une con él.

En el Islam, hay muchos textos sobre la misericordia. En ellos, el Profeta afirma que los nombres más amados de Dios son: “siervo de Dios” y “siervo de su misericordia”.

El Profeta nos dice algo hermoso: Cuando Dios llevó a cabo la creación, tomó su misericordia, y la dividió en cien partes, es decir, en muchas partes. Tomó una de esas cien partes, y se la infundió a los seres vivos, y, con esa parte, se tratan unos a otros los seres humanos y los animales. Pero las noventa y nueve partes restantes, se las guardó para juzgar a la gente el día del juicio. Esto nos enseña toda la magnitud de la misericordia de Dios. Él se ha quedado con esa inconmensurable misericordia para el día de la resurrección, el día del juicio, en el que tendremos que rendirle cuentas.

En una aleia (un versículo) del Corán, dice Dios: “Mi misericordia lo ha abarcado absolutamente todo”, es decir, en todo cuanto existe, hay signos establecidos por Dios, que el creyente puede encontrar, si lo desea, mediante la meditación y la reflexión. Uno de ellos viene citado en el Corán: “Y forma parte de sus signos, los signos de Dios, haberos hospedado los unos a los otros, y haber puesto entre vosotros amor y misericordia”.

Manifestación de la misericordia en la práctica religiosa

Quiero hablar de este concepto en el Islam porque es más amplio de lo que se cree. En cuanto a la práctica religiosa, el Islam nos enseña que todo cuanto hagamos, absolutamente todo cuanto un creyente realiza buscando la complacencia de su Señor, es servirle. Cuando alimento a mis hijos, cuando los llevo a la cama, cuando los ducho o busco el sustento para mi familia, todo cuanto yo hago con el fin de complacer a Dios, es servirle, es adorarle. No solo servimos a Dios con actos de adoración, de ayuno o de algo que podamos considerar religioso o espiritual; buscamos su complacencia en todos los actos de nuestra vida.

Compañeros del Profeta fueron a él a quejarse diciendo: Mensajero de Dios, nuestros hermanos que son adinerados, que son ricos, ayunan como nosotros, hacen oración como nosotros, pero, como ellos tienen dinero, dan limosnas y ayudan a los demás; nosotros, en cambio, no tenemos dinero, no tenemos medios; tenemos envidia de ellos porque nosotros queremos hacer más cosas. El Profeta les respondió: Decir “Alabado sea Dios” es una limosna; ayudar, quitar algo del camino para que alguien no tropiece, es una limosna; cuando mantenéis una relación sexual con vuestra pareja, eso es una limosna. Entonces, alguien preguntó: Pero, ¿Dios nos recompensa por esas cosas? Y el Profeta le respondió: Si lo hicierais con quien no teníais que hacerlo, ¿Dios os castigaría? Le respondieron: Sí. Pues, a quien lo hace con quien tiene que hacerlo, se lo recompensará. Por eso, cuando una persona está con su marido, con su mujer, con intención de tener un hijo piadoso, Dios le recompensa.

En el episodio del viaje nocturno que relata el Profeta, en el que se encontró en la presencia de Dios, aparece el único momento en el que la palabra de Dios hace directamente al Profeta una prescripción religiosa: la referente a la oración. La primera orden que le dio Dios fue que se realizaran 50 oraciones al día. Cuando el Profeta descendía del cielo, se encontró con Moisés, y este le preguntó: ¿Qué es lo que te ha mandado tu Señor? Me ha ordenado, respondió, que mi comunidad y yo hagamos 50 oraciones. Moisés le dijo: Yo he sido profeta de un pueblo, y sé que 50 oraciones son muchas. Vuelve a tu Señor, y pídele que rebaje la cantidad porque no vais a poder hacer 50 oraciones. El Profeta pidió que se las rebajara a 40, a 30, a 10…, y Dios se las fue rebajando hasta que quedaron en 5. Moisés volvió a decirle: Vuelve a tu Señor, porque cinco oraciones son muchas. Y el Profeta le dijo: No, me avergonzaría de presentarme otra vez a mi Señor para pedirle que rebaje de 5 oraciones. Podemos pensar que son muchas, pero no son nada si las comparamos con todo lo que él nos da a nosotros.

El Corán nos enseña que el ser humano ha sido creado fundamentalmente para dos cosas: servir a Dios y ser “halifa”.

Dios se dirigió a los ángeles y les dijo: He de disponer de un halifa en la tierra. Los ángeles le preguntaron a Dios: ¿Cómo vas a disponer en la tierra de alguien que derrame la sangre cuando nosotros alabamos y proclamamos tu santidad? Y Dios les dijo: Yo sé lo que vosotros no sabéis.

¿Cómo deviene uno regente de Dios en la tierra? Los místicos sufíes han explicado que uno deviene halifa, no por sí mismo, que no puede; deviene halifa o regente de Dios en la tierra en el momento en el que toma el camino que Dios le ha marcado, y empieza a luchar contra su ego, que le invita a las tinieblas, para dejar paso a la luz que emana de Dios. En nuestra práctica religiosa, lo que más importa no es adquirir virtudes, sino quitar vicios, porque, cuando uno se quita los vicios, está atrayendo las virtudes. Es algo costoso, pero, mediante ese trabajo, uno se convierte en un candil luminoso que irradia todas las virtudes y los dones divinos. Uno deviene halifa cuando se quita el odio y el rechazo hacia los demás por ese atributo divino que es la misericordia, siendo misericordioso con los demás.

Algunos dichos del Profeta sobre la misericordia:

Dijo el Profeta en una ocasión: “Los compasivos son tratados con misericordia por el Misericordioso”. “Sed compasivos con quienes están en la tierra, y aquel que está en el cielo será compasivo con vosotros”.

En otra ocasión, estaba el Profeta besando a su nieto, y un beduino de una tribu que se consideraba muy masculino se extrañó de que el Profeta besara a su nieto; hizo un gesto de desagrado, y dijo al Profeta: Pero, ¿vosotros besáis a vuestros hijos? Y el Profeta contestó: Sí. Y el beduino repuso: Yo tengo diez hijos, y no he besado a ninguno en mi vida. Entonces, el Profeta le miró con tristeza, y le dijo: Y, ¿qué puedo hacer yo, si Dios ha arrebatado de tu corazón la misericordia?

Paseando el Profeta por Medina con sus compañeros, vieron a una mujer amamantando a su hijo. El Profeta les dijo: ¿Pensáis que esta mujer tendría valor para echar a su hijo al fuego? Ellos contestaron: Imposible; no podría hacerlo nunca. Respondió el Profeta: Pues Dios es más misericordioso con vosotros que esta mujer con su hijo.

En otra ocasión, dijo el Profeta: Ninguno de vosotros entrará en el Paraíso por ninguna de las obras que pueda llegar a hacer. Ellos se extrañaron, no por ellos, sino pensando en el Profeta, y le preguntaron: ¿Ni tú tampoco, Mensajero de Dios? ¿Tú no vas a entrar por tus obras? Él les dijo: Yo tampoco, salvo que Dios me rodee de su absoluta misericordia.

Dios es justo; ha prometido a sus siervos que tendrán una buena retribución y un hermoso lugar de retorno, si obran tal como él les ha pedido, pero, si entramos en el paraíso es gracias a esa misericordia que él se ha reservado.

Finalizadas las tres intervenciones, Inmaculada González concluyó la segunda mesa redonda diciendo: La misericordia está llamada a dar frutos en la tierra. Ese nuevo orden social que todos deseamos para nuestro mundo, y que queremos construir entre todos, no tiene otra piedra fundamental que la de la misericordia.

La misericordia es la piedra angular de una sociedad. Cuando esa piedra angular no existe, el edificio de esa sociedad se derrumba. Ante toda esta riada de gente desplazada migrantes, refugiados, gente sin tierra y sin hogar, sabemos que su esperanza está en la misericordia. Cuando un subsaharaui logra pasar las vallas de concertinas, y, con las manos ensangrentadas cae delante de un policía, y le suplica que le deje pasar, lo que le está suplicando es misericordia para él y para poder conseguir pan para sus hijos.

 

Mesa redonda de Acción Social

C11En la sesión de la tarde, hubo una tercera mesa redonda de Acción Social, que moderó Temirjon Naziri. En ella se presentaron dos proyectos sociales que querían ser expresión de gestos de misericordia y solidaridad, llevados a cabo en dos situaciones sociales diferentes.

C12El primero fue el Proyecto de empoderamiento juvenil, presentado por Niaz Massarray, de la Comunidad Bahá’í. Se trata de un proyecto de empoderamiento para adolescentes y jóvenes, dirigido a ellos en un momento especial de su biografía personal, cuando dejan la niñez, y entran en una nueva etapa de madurez y de comienzo de búsqueda de la propia identidad. El segundo, el de Casa Hogar hermana Albera, llevado a cabo en Goma, R. D. del Congo, en una de las realidades más deprimidas del país.

C13Como colofón del encuentro, hubo un momento de actuaciones musicales en el que, con sus canciones, Alicia Verdú, de la Comunidad Bahá’í, Rufina Cárdenas, desde la fe cristiana, y Hamza Castro, con su flauta de caña turca, quisieron ofrecernos, a través de la música, desde la dimensión artística y espiritual, otro modo de orar, compartir y expresar la fe.

Al marchar, a todos nos brotaba una palabra: ¡Gracias! Gracias por todo lo compartido, por habernos dado la oportunidad de descubrir los destellos de luz que encierra toda tradición religiosa, porque la misericordia habita el corazón de las religiones. Las palabras de clausura sintetizaban muy bien lo vivido. Hemos estado juntos; hemos podido convivir, encontrarnos, conocernos un poco mejor, atisbar algo muy profundo que nos une. Hemos entretejido nuestras creencias y, sobre todo, nuestras vivencias como creyentes. Vinimos como hilos de diferentes colores y diferentes texturas, y nos marchamos entretejidos por la misericordia.

C14

El camino no termina aquí, volveremos a encontrarnos para seguir elaborando este magnífico tejido de hermandad y esperanza para nosotros y para nuestro mundo. “Os pedimos de nuevo vuestra presencia y colaboración”. Con estas palabras, se nos estaba anunciando ya el próximo encuentro.

Muchas gracias a todos.

Equipo de Redacción Inmaculada González