Ecumenismo Hoy

Ecos del Concilio Panortodoxo

"Es posible afirmar que la Iglesia Ortodoxa ha tomado, al fin, el camino de la modernidad"

La clausura del Santo y Gran Concilio de la Iglesia Ortodoxa en Creta se va quedando atrás, como lo hace, una vez que ha descargado, la tormenta cuando se pierde por los acantilados del crepúsculo. Los titulares de prensa fluyen ahora, poco a poco, insinuantes, sugeridores, confundidores también, incluso con cierta dosis de atractivo para todos los gustos. Pero sobre todo discurren repartidos entre los que tiran por lo nostálgico y decepcionante de unas Iglesias que rehusaron asistir -empecinadas en su negativa- a la más alta cumbre eclesial del diálogo teológico, que es siempre un Concilio, perdiéndose con ello lo mejor y más divertido de la fiesta, y aquellos, en cambio, que prefieren trasladar el análisis desde la contestación, que siempre acarrea desgracias, hasta la presencia gozosa en el Concilio para dar con ello rienda suelta al diálogo en su más alto grado de excelencia. Estos últimos empiezan, además, a esbozar ya los frutos que está reportando la magna cumbre cretense.

Las diez Iglesias ortodoxas conciliares sacaron adelante seis documentos, publicaron una Encíclica resumiendo las conclusiones de la asamblea y dirigieron un Mensaje «al pueblo ortodoxo y a toda persona de buena voluntad». Durante la semana de los debates, los Primados abordaron numerosos temas: doctrina social, libertad religiosa, amenaza de los fundamentalismos, y sobre todo la cuestión del ecumenismo y de las relaciones con las otras confesiones cristianas. La decisión, muy a destacar en relaciones ortodoxo-ecuménicas, de reconocer como Iglesia al catolicismo.

concilioCreta02Merece la pena señalar que, tras decenios de preparación, y pese a la negativa de cuatro Iglesias ortodoxas a participar, el Concilio ha supuesto una semana de debates en Creta, al cabo de los cuales las diez Iglesias ortodoxas presentes han sido capaces de ponerse de acuerdo sobre dos textos: una Encíclica y un Mensaje final. Gracias al Concilio de Creta, pues, es posible afirmar que la Iglesia Ortodoxa ha tomado, al fin, el camino de la modernidad. Supone así este Concilio el principio de una nueva era para la Ortodoxia. Dicho con lenguaje de nuestros días: ha optado por salir de su ancestral ostracismo y abrir de par en par ventanas y puertas a la demanda de un mundo ahíto de muros y falto de puentes, atormentado de violencia y menesteroso de paz.

Yo no me acabo de creer que la Iglesia ortodoxa rusa deba ser incluida entra las reacias a una apertura, que serían, en principio, según especialistas ahora mismo puestos al análisis posconciliar de Creta, las que rechazaron acudir a la cita. Pero es asimismo indudable que su negativa actitud a la hora de los debates en Creta no le hace ningún favor. ¡Ninguno! Los seis temas abordados y aprobados por el Concilio, además de la Encíclica y del Mensaje, son las cuestiones de: la misión de la Iglesia ortodoxa, la diáspora, la proclamación de las autonomías, el ayuno, el matrimonio y, en fin, las relaciones con los otros cristianos.

El Patriarcado de Moscú podría dar próximamente su parecer sobre el Concilio al que rehusó asistir. El arcipreste Nicolás Balachov, vicepresidente del Departamento de los asuntos eclesiásticos exteriores del Patriarcado moscovita, así se lo dejaba entender el otro día al representante de la agencia Interfax-Religión: «Supongo que el Santo Sínodo de la Iglesia ortodoxa rusa, durante su sesión ordinaria, que tiene lugar habitualmente en el mes de julio, examinará los documentos de la reunión de los primados y de los representantes de las diez Iglesia locales, que ha tenido lugar en Creta, con el fin de expresar la actitud del Patriarcado de Moscú sobre dichos documentos».

La lectura de los documentos y de las crónicas de Creta, por otra parte, no ha dejado de suscitar en mí cierta curiosidad, especialmente con puntos relativos a lo que pueda dar de sí el postconcilio. El primero no es otro que el hecho en sí mismo destacable de haberse celebrado por primera vez después de más de mi años de historia un concilio entre las Iglesias ortodoxas autocéfalas locales. Quizás esto anule de entrada cualquier nota peyorativa contra la Cumbre. No sería poco lo conseguido, hablando pronto y bien, teniendo en cuenta que se trata del primer evento en su género después de más de mil años. Y las disonancias tampoco sería cosa de magnificarlas sin más.

Otro dato a considerar es que, si faltaron a la cita Rusia, Bulgaria, Georgia y Antioquía, ello quiere decir que ni Rusia ha sido capaz de arrastrar a todas las Iglesias ortodoxas autocéfalas locales de área eslava. O sea, que ni en ese bloque las tiene todas consigo. Cuatro y hola, que para luego es tarde. Y después de todo, conviene añadir que ni en la Encíclica ni en el Mensaje del Concilio se alude a este vacío eclesial –esto me parece muy importante-, y menos aún a las controvertidas circunstancias que lo provocaron. El Concilio, pues, cerró filas en torno al Patriarcado Ecuménico y pospuso cualquier atisbo disgregador.

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No deja de ser curioso que en el discurso de Francisco a la delegación del Patriarcado de Constantinopla llegada a Roma para la fiesta de San Pedro y San Pablo 2016, el Papa destacase con especial énfasis la visita conjunta del pasado abril a la Isla de Lesbos, acompañado en aquella circunstancia por el patriarca Bartolomé I y por el Gran Arzobispo de Atenas y de toda la Grecia, Jerónimo II, y, en cambio, omitiese –porque fue omitido, olvidado, preterido, o silenciado, lo que se quiera, menos citado, porque no lo citó- el encuentro del pasado febrero en La Haba con el patriarca Kirill.

Otro dato a considerar es la sabia decisión de los Primados, refrendada evidentemente por el Concilio, de celebrar cada 7/10 años un nuevo Concilio. Será ello una muy buena oportunidad para que se restañen viejas heridas, se enmienden lamentables tropiezos como el que flota a lo largo del análisis de este artículo, y se remedien indeseables pero siempre posibles desentonos intereclesiales. Todo lo cual ha de redundar, por supuesto, en bien de la Ortodoxia y del ecumenismo.

Quisiera completar este sucinto repaso a determinados ecos de Creta destacando lo que ha sido la quintaesencia de la cita conciliar, a saber: la gran apología del diálogo inter-ortodoxo, ecuménico e interreligioso del Mensaje del Concilio, camino ideal para una confianza recíproca y atajo el mejor para que la Iglesia Ortodoxa, depuestos sus prejuicios internos, haya estrenado actitud nueva y haya abierto su horizonte hacia el mundo. Y todo ello haciendo gala del diálogo en un Concilio que, se quiera o no y dígase lo que se diga, empieza siendo eso: diálogo. En sencillas palabras: ha dado un paso adelante la Ortodoxia amiga de abrirse al mundo contemporáneo y a los principios propios del genuino ecumenismo.