Documentos Conferencia Episcopal

La Jornada Ecuménica de Oración por la Paz

La paz como don de Dios pertenece al núcleo esencial del Evangelio. De ahí que su afianzamiento entre los hombres haya sido desde siempre preocupación primordial en la predicación y en la acción de la Iglesia. En los últimos tiempos y a medida que la paz se ha hecho más frágil, la Iglesia ha redoblado sus esfuerzos en favor de una consolidación creciente de la paz en la conciencia colectiva de la humanidad. A tal propósito han dedicado sus mejores energías los Papas más recientes, sin excepción, multiplicando sus orientaciones doctrinales, sus iniciativas religiosas y sus gestiones ante las autoridades competentes. 

En esa promoción constante y cada vez más apremiante de la paz destaca, sin duda alguna, el actual Pontífice, Juan Pablo II, que ha hecho de su pontificado un intenso y abnegado servicio al crecimiento de la paz entre los hombres. Buena prueba de ello son no sólo sus continuas alocuciones, sino también sus viajes apostólicos que le constituyen en mensajero incansable de la paz.

Precisamente como un servicio más a la paz y como un esfuerzo singular en su favor hay que entender la jornada ecuménica e interreligiosa que tendrá lugar en Asís el próximo día 27 de este mes. Líderes y representantes de casi todas las religiones y credos, secundando una invitación del Papa, unirán allí sus reflexiones y sus plegarias, testimoniando ante el mundo la voluntad de todos los creyentes de hacer de la religión un vínculo de hermandad y un cauce para el diálogo entre todos los hombres.

Pero el mismo Juan Pablo II ha querido extender su llamamiento más allá de las fronteras de la religión y, como pretendiendo que la oración de los creyentes sea respaldada por todos los hombres, ha hecho una apelación universal para que en esa jornada del 27 de octubre callen las armas y las hostilidades y en todas partes se oiga exclusivamente el clamor de la paz. «Si los jefes políticos y militares de las naciones y de los grupos comprometidos en conflictos armados pudieran con un gesto significativo secundar las súplicas de casi todas las fuerzas religiosas del mundo, se darían cuenta de que, incluso para ellos, la violencia no es la última palabra en las relaciones entre los hombres y las naciones». Este es el sentido que el propio Juan Pablo II ha dado a su llamamiento lanzado el pasado día 4 en Lyón para que «todas las partes en conflicto en el mundo observen, al menos durante toda la jornada del 27 de octubre, una tregua completa de combates».

Los obispos españoles acogemos con gratitud y diligencia esta llamada apremiante del Papa, así como secundamos anteriormente su invitación a convertir la jornada del 27 en un día de oración y de reflexión por la paz. En este sentido, la Comisión Permanente del Episcopado, al hacer suyo el llamamiento papal, quiere extenderlo a toda la sociedad española, encareciendo a todos, creyentes y no creyentes, gobernantes y ciudadanos, hombres y mujeres, que den cabida en su corazón a la paz y que muestren con signos manifiestos el aprecio que les merece la paz en todas sus formas. Dirigimos una recomendación especial a la comunidad católica para que se sume a los actos religiosos y ecuménicos que en esa fecha se celebrarán en tantos y tan variados lugares de España. Que la oración común se levante como una reclamación poderosa de paz y que cada uno de los creyentes se convierta en «constructor de la paz» entre los hombres, sus hermanos.

Nuestra llamada se hace aún más acuciante al dirigirnos a cuantos entre nosotros practican la violencia y el terror en cualquiera de sus formas. A ellos se ha referido el Papa al decir: «Dirijo también esta llamada a todos los que tratan de alcanzar sus metas con métodos terroristas u otras formas de violencia. ¡Que recobren rápidamente sentimientos de humanidad!» Al reproducir y suscribir estas palabras del Papa, no podemos por menos de reclamar una vez más el cese total y definitivo de las actividades terroristas, para que la sangre y la muerte dejen lugar al diálogo y para que la violencia se vea pronto sustituida por la paz.