Reflexiones del Prof. Dr. Pedro Langa Aguilar, OSA

Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos 2017

Día 1: Uno por todos y todos por uno

Reflexión del Prof. Dr. Pedro Langa Aguilar, OSA

 

Miércoles, 18 de enero.- « Uno murió por todos » (2 Corintios 5,14).

He aquí la frase redonda que sirve de paradigma en el primer día de la Semana de la Unidad 2017. Que Cristo murió por todos, es decir, en nombre de todos, como cabeza que representaba a toda la humanidad, nos lo dice claramente san Pablo. Pero lo que ante Dios vale en una muerte así es la obediencia de amor que patentiza: el sacrificio de una vida totalmente entregada (Romanos 5 19; Filipenses 2,8; cf. Lucas 22, 42; Juan 15, 13; Hebreos 10, 9-10). Los fieles, hechos partícipes de esta muerte por el bautismo (Romanos 6 3-6), deben ratificar esa oblación de Cristo con su vida. Lo cual está lejos de ser fácil, claro es, aunque tampoco sea imposible con la divina gracia echándonos una mano. De ahí el exhorto a la Reconciliación del que da cuenta la consabida frase del Apóstol Caritas Christi urget nos: El amor de Cristo nos apremia (cf. 2 Corintios 5, 14-20).

En 1517 Martín Lutero alzó la voz contra lo que él consideraba abusos en la Iglesia de su tiempo haciendo públicas sus 95 tesis. Conmemoramos, pues, en este 2017, el 500 aniversario de aquel acontecimiento crucial de la Reforma, que habría de marcar la vida de la Iglesia occidental durante muchos siglos. Tema controvertido, por otra parte, en la reciente historia de las relaciones inter-eclesiales en Alemania. La Iglesia Evangélica de Alemania (EKD) se ha venido preparando desde 2008, centrada cada año en un aspecto concreto: v.gr. la Reforma y la política; la Reforma y la educación, etc.

El texto de 2 Corintios 5, 14-20 subraya que la reconciliación es un don de Dios destinado a toda la creación: «Porque sin tomar en cuenta los pecados de la humanidad, Dios hizo la paz con el mundo (kosmos) por medio de Cristo y a nosotros nos ha confiado ese mensaje de paz» (v.19). La persona reconciliada en Cristo está por eso llamada, a su vez, a proclamar esta reconciliación con palabras y obras. Quiere ello decir que «somos embajadores de Cristo y es como si Dios mismo (nos) exhortara sirviéndose de nosotros» (v.20). Reconciliación esta, por lo demás, que no se da sin sacrificio: Jesús entregó su vida, murió por todos. Los embajadores de la reconciliación están llamados, en su nombre, a dar su vida de forma parecida.

Una entrega como ofrenda expiatoria (Isaías 53, 4-12), pues Jesucristo murió para que nuestros pecados fueran perdonados (1 Juan 2, 1-2). Dar la vida por los amigos (Juan 15, 13-17). Jesús no murió solo por su pueblo, ni solo por aquellos que simpatizaban con sus enseñanzas. Murió por todos los pueblos, pasados, presentes y futuros. Muchos cristianos, fieles al Evangelio, han entregado sus vidas por sus amigos a lo largo de los siglos. Una de estas personas fue el franciscano san Maximiliano Kolbe, encarcelado en Auschwitz, y que en 1941, voluntariamente, entregó su vida para que un compañero prisionero pudiera vivir. Retirar este carácter universal del ecumenismo equivale, pues, a vaciar de sentido el ecumenismo. La universalidad va inscrita en el vocablo, dado que ecúmene es catolicidad y, por ende, universalidad.

Pablo sentía que el amor de Cristo le apremiaba a predicar la Buena Noticia de la reconciliación con Dios. Las Iglesias cristianas comparten este mismo mandato de proclamar el mensaje evangélico. ¿Qué significa, pues, decir que Jesús «murió por todos»? El pastor alemán Bonhoeffer escribía: «Soy hermano de otra persona gracias a lo que Jesucristo hizo por mí y me hizo a mí; la otra persona se ha vuelto un hermano para mí gracias a lo que Jesucristo hizo por él». Dios Padre nos dio en Jesús a aquel que murió por todos. Vivió Cristo nuestra vida y murió nuestra muerte. Aceptado su sacrificio y elevado a una nueva vida junto al Padre, bueno será que por él nos conceda también a nosotros, que hemos muerto con él, poder hacernos uno por el Espíritu Santo, y vivir ahora y por siempre en la abundancia de su divina presencia, o sea en unidad de comunión.

 

DietrichBonhoefferEl pastor protestante y teólogo luterano Dietrich Bonhoeffer

 

«Soy hermano de otra persona gracias a lo que Jesucristo hizo por mí y me hizo a mí; la otra persona se ha vuelto un hermano para mí gracias a lo que Jesucristo hizo por él».