Reflexiones del Prof. Dr. Pedro Langa Aguilar, OSA

Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos 2017

Día 6: Reconciliados con Dios

Reflexión del Prof. Dr. Pedro Langa Aguilar, OSA

 

Lunes, 23 de enero.- «Dios nos reconcilió consigo por Cristo» (2 Corintios 5,18).

Dios empezó mostrándose desde el principio Dios misericordioso, lento a la ira y rico en misericordia. Y si no, el Génesis mismamente nos lo recuerda mediante la alianza con Abrahán (Génesis 17, 1-8). Pero todo ello en previsión de la muerte reconciliadora de Cristo. El apóstol san Pablo se lo recuerda a los Romanos: «Cuando todavía estábamos sin fuerzas, en el tiempo señalado, Cristo murió por los impíos […] La prueba de que Dos nos ama es que Cristo, siendo nosotros todavía pecadores, murió por nosotros» (Romanos 5, 6.8). El anuncio del ángel a los pastores en la Noche Buena es elocuente y corroborante: «No temáis, pues os anuncio una gran alegría, que lo será para todo el pueblo: os ha nacido hoy en la ciudad de David, un salvador, que es el Cristo Señor» (Lucas 2, 10-11). Se trata, pues, del Mesías esperado, pero será “Señor”: título que el Antiguo Testamento reservaba celosamente a Dios. Va a comenzar una nueva era. De ahí la alegría y el júbilo del salmista: Los confines de la tierra han visto la victoria de nuestro Dios (Salmo 98)

La reconciliación tiene dos caras: es al mismo tiempo fascinante y aterradora. Nos atrae de modo que la deseamos: dentro de nosotros, entre nosotros y entre nuestras diferentes tradiciones confesionales. Pero nos damos cuenta del precio a pagar y esto nos intimida, ya que la reconciliación implica renunciar a nuestro deseo de poder y de reconocimiento. En Cristo, Dios nos reconcilia gratuitamente consigo, aunque nos hayamos separado de él. La acción de Dios, sin embargo, trasciende también esto: Dios no solo reconcilia consigo a la humanidad, sino a toda la creación.

En el Antiguo Testamento Dios es fiel y misericordioso con el pueblo de Israel, con el que hizo una alianza. Esta alianza sigue vigente: «los dones y el llamamiento divinos son irrevocables» (Romanos 11, 29). Jesús, que inauguró la nueva alianza en su sangre, era un hijo de Israel. Muchas veces a lo largo de la historia nuestras Iglesias han fallado a la hora de reconocer esto. Desde el Holocausto se ha vuelto un compromiso distintivo de las Iglesias en Alemania combatir el antisemitismo. Del mismo modo, todas las Iglesias están llamadas a llevar a cabo la reconciliación en sus comunidades y a resistir cualquier forma de discriminación humana, ya que todos somos parte de la alianza de Dios.

En calidad de miembros de comunidades cristianas, esas comunidades, por ejemplo, que estos días del Octavario acuden a rezar cada día en un templo distinto, haciendo así en la praxis del culto inter-confesional un verdadero intercambio de visitas entre templos y templos, como imagen gozosa, si se quiere, del intercambio de dones en que tantas veces se traduce el ecumenismo, ¿cómo entendemos y hasta dónde conseguimos asumir el formar parte de la alianza de Dios? ¿Qué tipos de discriminación deben combatir nuestras Iglesias hoy en nuestra sociedad, una sociedad, por cierto, plagada de abusos y menosprecios al desheredado, al emigrante, al que vive con los puesto entre la noche y el día, al que tiene tantas veces que humillarse para llevarse un mendrugo de pan a la boca?

Con el espíritu del Poverello de Asís, con la sencillez y la pobreza juntas, acudamos al Dios misericordioso, a ese Dios que desde el amor hizo una alianza con su pueblo, que tantas veces se muestra con nosotros, como con su pueblo Israel, paternal, compasivo y reconciliador. Vale la pena llegarnos a Él y suplicarle: Danos fuerza para resistir toda forma de discriminación. Haz que el don de tu alianza de amor nos llene de alegría y nos inspire una mayor unidad. Permítenos comprender que todo esfuerzo ecuménico pasa por tu gracia reconciliadora. Aleja de nosotros la discriminación. Te lo pedimos por medio de Jesucristo, el Señor resucitado, que vive y reina contigo y el Espíritu Santo por los siglos de los siglos.

 

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Reconciliados con Dios…

Pedro Langa Aguilar