Reflexiones del Prof. Dr. Pedro Langa Aguilar, OSA

Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos 2018

Día 1: Forasteros fuisteis en Egipto

Forasteros fuisteis en Egipto

Reflexión del Dr. Pedro Langa Aguilar, OSA

«Al forastero…lo amarás como a ti mismo: pues forasteros fuisteis en la tierra de Egipto » (Lev 19, 34). Recordar al israelita el suelo de las pirámides era tanto como traerle a la memoria su condición de esclavitud y extranjería. También, implícitamente por supuesto, las maravillas de la poderosa mano de Dios al salir de aquella tierra de los faraones. Este modo de hacer memoria tiene, por lo demás, implicaciones éticas dignas de perenne recuerdo. Dios ha restablecido nuestra dignidad en Cristo y nos ha hecho ciudadanos de su reino, no por merecimiento propio, sino por gratuito don suyo. El amor cristiano es propiciar la bondad del Padre: reconocer la dignidad y así traer sanación a la familia humana quebrantada. Se explica, en consecuencia, el citado precepto divino del Levítico.

Cuando se convirtió en la primera república negra independiente, Haití abrió sus puertas a personas esclavizadas en busca de libertad. En tiempos recientes, la situación económica ha golpeado duramente a los haitianos, muchos de los cuales han salido de su país en busca de una vida mejor. No pocas veces se han encontrado con el rechazo y con barreras legales. El Consejo de las Iglesias del Caribe ha tenido que salir en su defensa llamando la atención a aquellas naciones que restringen o despojan a los haitianos de sus derechos de ciudadanía.

En el canto de María y Moisés los israelitas constatan que el designio divino de liberar a su pueblo no puede ser impedido. No hay fuerzas, tampoco los carros del faraón, ni su ejército, ni lo mejor de sus capitanes, capaces de frustrar la divina voluntad para que su pueblo sea libre (15, 4-5). En este gozoso grito de alabanza, los cristianos de distintas tradiciones reconocen que Dios es el salvador de todos. Y precisamente en la salvación que nos ofrece reconocemos que él es nuestro Dios y nosotros su pueblo.

La liberación y la salvación de Israel es obra de Dios, cuya diestra puede entenderse como victoria sobre sus adversarios y protección constante de su propio pueblo. A pesar de la obcecación del faraón, Dios escuchó el grito de Israel y no dejó que éste pereciera, porque es el Dios de la vida, y no, como muchos se empeñan, de la muerte. A través de su poder sobre los vientos y el mar, sobre los elementos todos de la naturaleza, pone de relieve su voluntad soberana de respetar la vida y destruir la violencia (Ex 15, 10). Su propósito redentor era constituir a los israelitas como un pueblo de alabanza reconocido al amor indefectible de lo alto. De ahí, por otra parte, que la liberación trajese aires de fiesta y luces de consuelo en Israel. Volver a ser libres era tanto como sentir de nuevo junto a sí el latido del paterno corazón de Dios.

Delicada estampa, pues, la del Levítico aquí expuesta, tan relacionada, sin duda, con el ecumenismo. Porque Dios eterno, nos dice la fe, no pertenece a ninguna cultura ni tierra alguna, sino que es el Señor de todos, que nos recuerda la acogida que debemos dispensar al extranjero. Ayúdenos su Espíritu para vivir como hermanos y hermanas, acogiendo también nosotros a todos en su nombre y viviendo según la justicia de su reino. Claramente lo afirma el salmista: El Señor protege al extranjero (Sal 146). Y el autor de la Carta a los Hebreos recuerda el premio que Dios reserva, a veces, a quien hospeda al extranjero: Personas hubo que, sin saberlo, alojaron ángeles en su casa (Hb 13, 1-3). San Mateo va incluso más lejos: Llegué como un extraño y me recibisteis en vuestra casa (Mt 25, 31-46). Acogida, hospitalidad, amor al extranjero, en fin, son perlas preciosas también del ecumenismo. Y más todavía en estos tiempos de multitudinaria emigración y ecumenismo de la sangre sin fin que se derrama.

Con su firme defensa de los haitianos ante las instancias internacionales, tratando así de llamar la atención y dando un toque de cordura y buen sentido a las naciones que limitan o privan a estas gentes de sus derechos de ciudadanía, el Consejo de las Iglesias del Caribe no ha hecho sino recordar la esclavitud de los israelitas en Egipto y su liberación a manos de un Dios Padre misericordioso y, al fin y a la postre, la clave del sentido común hecho caridad en la praxis ecuménica de tantas Iglesias del mundo.

 

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400 millones de niños esclavizados,
un holocausto del que los políticos y los poderosos no hablan