Reflexiones del Prof. Dr. Pedro Langa Aguilar, OSA

Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos 2018

Día 8: Signo de reconciliación

Signo y agente activo de reconciliación

Reflexión del Dr. Pedro Langa Aguilar, OSA

 

«Porque él (Cristo) es nuestra paz: el que de los dos pueblos hizo uno, derribando el muro que los separaba, la enemistad» (Ef 2, 14). Alude san Pablo aquí al muro que separaba en el Templo de Jerusalén el atrio de los gentiles y el de los judíos. El papa Francisco no se cansa de recordar que es preciso derribar muros y tender puentes. Y si esto va con todos los hombres, ni te cuento ya tratándose de los cristianos, y puestos a todo ya, razón de más para que los ecumenistas lo practiquen por doquier como indeclinable consigna.

Los organizadores de la SOUC 2018 que hoy concluye se cuidaron mucho de aportar más textos de la Sangrada Escritura para contextualizar el dicho paulino. De modo que citaron a Isaías cuando vaticina que Efraín no tendrá celos de Judá, ni Judá oprimirá a Efraín (cf. Is 11, 12-13), para significar que la reconciliación obrada por Dios conlleva el destierro del odio, de los celos, de las envidias. Y el salmista, por su parte, para poner de relieve que esa reunión de entre las naciones redundará en alabanza de su nombre, del nombre de Dios, exclama: Señor, Dios nuestro, reúnenos de entre las naciones para que alabemos tu santo nombre (cf. Sal 106, 1-14. 43-48). En ellos, en los reconciliados, en los que conforman ese pueblo de Dios conseguido por Cristo con el derramamiento de su sangre, resplandece la gloria de Dios (cf. Jn 17, 1-12).

Uno de los motivos infalibles en la historia de la salvación, es la incesante determinación del Señor de crear un pueblo que pudiera llamar suyo. La formación de este pueblo –unido con Dios en una alianza sagrada– es parte integrante del plan salvífico de Dios y de la glorificación y santificación del Nombre del Señor. Ya los profetas se esforzaron hasta la saciedad por recordarle a Israel, como exigencia de alianza, que las relaciones entre los diversos grupos sociales resplandecieran por la justicia, la compasión y la misericordia.

Y luego, ya en el NT, cuando a Jesús se le acercaba la hora de sellar esa nueva alianza con su sangre, oró fervientemente para que los que el Padre le había confiado vivieran unidos, como Él y el Padre viven unidos. Cuando los cristianos descubren su unidad en Jesús, participan en la glorificación de Cristo en presencia del Padre, con la misma gloria que el Hijo compartía con el Padre antes que el mundo existiera. De este modo, el pueblo de la alianza debe perseguir siempre ser una comunidad reconciliada, una comunidad tal que sea ella misma signo eficaz para todos los pueblos de la tierra de la manera de vivir una vida en justicia y en paz. Comunidad, en resumen, que sea al mismo tiempo signo y agente activo de reconciliación.

Las Iglesias del Caribe trabajan juntas para sanar las heridas del Cuerpo de Cristo en la región, indudablemente secuelas ellas coloniales. Porque dichas heridas pueden y deben ser restañadas y curadas. La reconciliación exige con frecuencia, cómo no, el arrepentimiento, la reparación y la sanación de las memorias. De ahí que los redactores de materiales y programas de la Semana citen como ejemplo corroborante los actos de petición de perdón y de reparación entre los baptistas de Gran Bretaña y los del Caribe. Del mismo modo que el pueblo de Israel, así la Iglesia está llamada, en su unidad, a ser, a la vez, signo y agente activo de reconciliación.

Lo deseable, por tanto, en plan espíritu de la Semana de la Unidad que hoy concluye, sería pedir humildemente al Señor que las Iglesias puedan, por su gracia, ser en el mundo todo instrumentos eficaces de la paz de Cristo. Y sobremanera que el Nombre del Señor pueda ser santificado y glorificado a través de su acción conjunta como embajadoras y agentes de su amor sanador y reconciliador entre los pueblos divididos.

La diestra de Dios está plantando en tierras del Caribe, como en tantas otras latitudes de la Ecúmene, semillas de libertad, esperanza y amor. Ojalá que en tierra caribeña, y en los pueblos todos del orbe, los hijos junten sus manos, eleven sus corazones, y consigan así ser alabanza de su gloria. Una alabanza, en resumen, de la diestra de Dios, que sigue haciendo maravillas. Está en su divino poder, sin duda, que logremos alabar siempre juntos su santo Nombre y podamos por ello seguir creciendo en la unidad y la reconciliación.

 

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Los cristianos, signo de unidad y reconciliación