Reflexiones del Prof. Dr. Pedro Langa Aguilar, OSA

Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos 2019

Día 3: Abrazar a los que son discriminados

El 8 de julio de 2013, el Papa Francisco condenó en la isla de Lampedusa la «globalización de la indiferencia» por la situación de los africanos indocumentados que intentan llegar a Europa en botes destartalados y pidió un «despertar de las conciencias»

Reflexión del Dr. Pedro Langa Aguilar, OSA para el 20.01.19

Domingo, 20 de enero.- Decimos y no paramos de decir con el salmista que «el Señor es clemente y compasivo» (Sal 145,8). Y en ciertas ocasiones, incluso agregamos con redoblada insistencia que es misericordioso, «tardo a la cólera y grande en amor. El Señor es bueno con todos, su amor llega a todas sus obras» (vv. 8b-9b). De esta suerte, nos unimos gozosos al coro polifónico de la salmodia para proclamar reconocidos que el amor de Dios supera las fronteras de la etnicidad, la cultura, la raza y también la religión.

La genealogía de Jesús que encontramos en el Evangelio de Mateo refleja esta visión amplia, de fascinante horizonte y anchurosa y esperanzadora perspectiva (cf. Mt 1,1-17). Aun indicando influencias extranjeras por parte de las mujeres, san Mateo se limita a la ascendencia israelita de Cristo. Trata de vincularlo a los principales depositarios de las promesas mesiánicas, Abraham y David, y a los descendientes reales de este último. Se diría que Mateo haya preferido destacar la sucesión dinástica sobre la descendencia natural.

Mientras que las antiguas culturas veían con frecuencia a las mujeres como inferiores, o como propiedad de sus padres y maridos, san Mateo, en cambio, menciona cuatro mujeres entre los antepasados de Jesús, y dos de ellas además, Rut y Rajab, eran gentiles. Otros tres de los antepasados en la lista eran conocidos por sus pecados, incluyendo al adúltero rey David. El hecho de que se les nombre en la genealogía de Jesús y se les haga formar parte de la historia humana de Dios pone de relieve que Dios incluye a todos, hombres y mujeres, pecadores y justos, en su plan de salvación, sin tener en cuenta su procedencia. He ahí el mensaje a considerar dentro del ecumenismo: hemos de abrazar a todos los hombres por ser hijos de Dios, desde luego, pero especialmente la nuestra ha de ser mano tendida de puro abrir el corazón a los más discriminados.

Indonesia es un país con más de 17 000 islas, que se dice pronto, y 1340 grupos étnicos distintos, que dan para distraerse, y las Iglesias, sin embargo, están frecuentemente divididas según estos distingos étnicos. Semejante exclusividad puede dar pie a que algunas se consideren las únicas poseedoras de la verdad, atentando así contra la unidad de la Iglesia. En medio del creciente fanatismo étnico y religioso y el aumento de la intolerancia en el mundo, los cristianos pueden prestar un impagable servicio a la familia humana uniéndose entre sí, para dar juntos testimonio del amor de Dios que todo lo abarca, proclamando con el salmista, como arriba se ha dicho, que «el Señor es clemente y compasivo» con todos.

Razón de sobra para que alabemos al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo, único Dios, por su inmensa gloria trinitaria manifestada en toda la creación. Dios es igual de grande en las cosas grandes que en las pequeñas, en la eternidad que en el tiempo. Incluso encontramos en la Biblia que se deja sentir no precisamente en las aparatosas manifestaciones de la madre naturaleza, como el agua y el fuego y el huracán que arranca de cuajo viejos árboles y remueve peñascales, sino, más bien, en el tibio susurro del viento, en la suave brisa vespertina o en el céfiro blando del amanecer.

Rogamos a Dios que nos otorgue un corazón grande para amar, y cuando creemos haberlo pedido todo de una vez, todavía le insistimos para que nos llene de su gracia de suerte que podamos amar con un amor que abrace a cuantos son discriminados, muchos por desdicha y eso acaba causando enorme dolor dentro de una familia. Si no somos capaces de captar tan sutil matiz, tampoco podremos comprender al papa Francisco en sus visitas a Lesbos, Lampedusa y Bari, por sólo citar nombres que están en la mente de todos.

Le pedimos asimismo que nos ayude a crecer en el amor más allá del prejuicio y la injusticia, que nos dé su gracia, de suyo siempre consuelo, ayuda y fortaleza, para respetar la unicidad de cada persona, y con miras a que en nuestra diversidad podamos sentir la unidad. Y nos encomendamos, en fin, a su santo nombre, que todo lo puede y nada se le resiste. Experimentar la unidad en la diversidad es la gran lección que imparte a cada paso el ecumenismo, cuya propedéutica contempla justamente ese punto. Quizás por eso debamos ver en él también la mejor lección para sentir, amar y vivir la Iglesia.

Abrazar a los discriminados y acoger a los perdidos equivale, en resumen, a ser débil con los débiles, y siempre solidario con los sencillos y menesterosos. Para lo cual es preciso tener en el corazón los ojos de Dios, que inclina su oído al que grita, y nunca deja de ser «clemente y compasivo» (Sal 145,8) con el que gime. El ecumenista, por eso mismo, partida el alma por el dolor ante tanta división, y sensible siempre a la triste condición de los que sufren de olvido y abandono, termina por descubrir que también entre las miserias de los hombres, cuya mejor imagen tal vez sean la discordia y la división, anda Dios con su presencia de amor, su clemencia y su compasión.

Prof. Dr. Pedro Langa Aguilar, OSA