Reflexiones del Prof. Dr. Pedro Langa Aguilar, OSA

Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos 2019

Día 7: Rechazar toda forma de violencia contra las mujeres

Objetivo del Consejo Mundial de Iglesias es aumentar la visibilidad de las mujeres en el movimiento ecuménico a través de iniciativas innovadoras, como la Red Ecuménica para el empoderamiento de las Mujeres Panafricanas, lanzada en 2015.

 

Reflexión del Dr. Pedro Langa Aguilar, OSA

Jueves, 24 de enero.- «¡Grande es tu fe, mujer!» (Mt 15,28) - El sacerdote Elí se equivocaba. Sentado en su silla, contra la jamba de la puerta del santuario, observaba los labios de Ana, mujer estéril y futura madre de Samuel, que estaba rezando. Se equivocaba. Y volvió a equivocarse hasta el extremo de juzgar mal la oración profunda y ferviente de Ana, sumida en honda pesadumbre. La despreció desechando sus súplicas como palabras de una borracha. Sin embargo, su reacción pidiéndole que no la rechazase como a una «desvergonzada» suavizó su corazón y al final se dignó despedirla con una bendición (cf. 1S 1,9-18).

Del mismo modo, cuando la mujer cananea vino a su encuentro para suplicar que curara a su hija, Jesús al principio se mostró remiso con ella, diciendo que había venido solo para su propio pueblo. Ella, sin embargo, pagana al fin y al cabo, insistía y volvía a insistir con su atrevida y confiada súplica, hasta que, a la postre, reconociendo su gran fe, Jesús le concedió lo que pedía (cf. Mt 15,21-28).

Tenemos en ambos casos a la vista una mujer que, de ser inicialmente marginada por indigna de recibir atención alguna, se convierte en alguien que habla proféticamente palabras que suavizan los corazones y traen sanación y plenitud. Consideraciones espirituales aparte, como la eficacia que pueda tener la insistencia en suplicar, el tesón en seguir y perseguir hasta conseguir, el arrojo para contrarrestar la fuerza opositora de los circunstantes, y, por supuesto, el valor definitivo de la fe, lo que destaca sobremanera en ambos episodios es que la persona que pide, suplica, insiste, es una mujer. El Octavario dedica precisamente su reflexión de hoy a rechazar toda forma de violencia contra las mujeres. Y conste que tampoco hace falta liarse a golpes para hablar en este caso de violencia.

La marginación y el rechazo de las voces de las mujeres siguen estando presentes en nuestro tiempo. Incluso dentro de nuestras Iglesias somos con frecuencia cómplices de culturas que devalúan a la mujer. El ecumenismo en este sentido viene dando pasos adelante muy dignos de ser tenidos en cuenta. La creación de comunidades justas de mujeres y hombres, por ejemplo, es una prioridad en todas las actividades del Consejo Mundial de Iglesias (CMI) al emprender la «peregrinación de justicia y paz» que responde, al menos de un tiempo a esta parte, al llamamiento de sus asambleas generales. En lo relativo a la Iglesia católica, justo es admitir asimismo la gran apuesta femenina que supuso el Vaticano II, de la que desdichadamente aún estamos muy lejos. Lástima que cincuenta años después de celebrado aquel Concilio, no se haya tenido en la Iglesia católica, que dignísimamente lo convocó, celebró y clausuró, el coraje necesario para sacar a flote iniciativas de esta naturaleza. Es lamentable –dejo dicho el Concilio- que todavía se le impida a la mujer «tener acceso a una educación y a una cultura iguales a las que se conceden al hombre» (GS, 29).

En la medida en que los cristianos se hacen al respecto conscientes de sus fracasos, se dan también más cuenta del horror que supone la violencia contra las mujeres y los niños, arrebatados a la fuerza de sus casas y víctimas del tráfico de seres humanos. Estos y otros trabajadores migrantes son tratados frecuentemente como menos que humanos y les son negados los derechos humanos más básicos. Últimamente las Iglesias de Indonesia han tomado cartas en el asunto y se han dado de lleno a una acción común contra el tráfico de personas y el abuso sexual infantil. Estos esfuerzos y los de otras confesiones urgen cada vez más, ya que el número de víctimas en algunas zonas del país crece diariamente.

Cuando los cristianos se unen en oración y en el estudio de las Escrituras y escuchan de veras la voz de Dios, descubren que también hoy habla Dios a través de los gritos de los más maltratados en nuestra sociedad. Al escuchar juntos la llamada de Dios, se sienten urgidos a unirse en una acción común contra el flagelo de la trata de personas y otros males presentes en nuestro mundo.

El Dios clemente y misericordioso, fuente de la dignidad humana, hizo que, por su gracia y su poder, las palabras de Ana cambiaran el frío corazón del sacerdote Elí. Él también, Dios de bondad, concedió por su gracia y su poder que las palabras de la mujer cananea movieran a Jesús a curar a su hija. Ese mismo Dios y Padre nuestro, al manifestar la unidad de su Iglesia, puede otorgarnos el valor de rechazar toda forma de violencia contra las mujeres y de celebrar los dones del Espíritu que las mujeres aportan al servicio de la Iglesia. Divina y sublime dádiva que el Padre hará posible por medio de Jesucristo, su Hijo y Señor nuestro, en la unidad del Espíritu Santo. El ecumenismo, en suma, está diciéndonos en este Octavario 2019 que el quinto principio de «Pancasila» -«Justicia social para todos los pueblos de Indonesia»- puede alzarse, con ayuda del Dios clemente y misericordioso, como gozosa realidad en todo el mundo.

Prof. Dr. Pedro Langa Aguilar, OSA